viernes, 2 de diciembre de 2011

Jonas Mekas- Lituano-

“El cazador que quiere acertarle al ciervo no le dispara directamente, sino que apunta un poquito más adelante. Lo mismo ocurre con la vida humana: tenemos que apuntar al momento siguiente para retratarla”.

lunes, 10 de octubre de 2011

LA EXPERIENCIA DE MORIR POR JUAN DALMA -SETIEMBRE 1976


La "meditatio mortis" tiene fluctuaciones con respecto a su intensidad con acmés que se manifiestan en las épocas de mayor agresividad individual y colectivas. Bajo el influjo de uno de esos acmés, representado por la primera guerra mundial, Freud, por ejemplo, modificó radicalmente su doctrina de los instintos, divididos anteriormente por él en libidinales y de autoconservacion, e introdujo el concepto de instinto tánatico o Tánatos auto y heteroestructurativo en oposición a Eros.
En nuestra época (quizás la más cruda de todas) los dictámenes del Libro de Los Muertos Egipcio, el Codigo de Hammurabi, el quinto mandamiento de la Tabla de Moisés, parecen haber perdido su vigencia y la vida humana es lo más barato que hay ,la propia y la ajena .Esta circunstancia lleva los biólogos los filósofos los sociólogos un estudio mas empeñoso del fenómeno tanático, con las implicancias que este tiene. En nuestro medio mencionamos el estudio de Osvaldo Loudet, los de E. Antonietta ,de L.S Perez de Giuliana Smolensky, entre otros.
La suicidiologia se hizo una ciencia que desborda sus límites y se ha transformado en un acervo interdisciplinario. Aunque la ataraxia serena de un Spinoza haya sabido oponer al planteo Platónico " Omnis philosophia meditatio mortis est", su desafiante afirmación de que " El hombre piensa en todo menos en la muerte y su sabiduría es una meditación acerca de la vida y no acerca de la muerte" sin embargo el espectro omnipotente de Thánatos y el miedo a él, ensombrece muchas vidas de hombres ilustres como de millones de seres anónimos "Atra cura sedet post equitem"(La negra preocupación está sentada detrás del jinete).TO BE OR NOT TO BE.
Agonía" de agon, lucha,en este caso según la clásica definición de Javier Bichat, lucha de la vida contra la muerte, lucha de ese extraño y precario conjunto de órganos integrados entre sí que es el ser viviente (vegetal ,animal y hombre),del "Bionte" ,como lo llamaríamos nosotros, lucha de ese peleador efímero y heroico, contra el totalitarismo de la no vida, totalitarismo que siempre vence y lo allana todo y lo devuelve al estado de quietud estática y definitiva, la del "libro cerrado". Cae pues, de hecho, como caso particular dentro de la ley general de la entropía.
¿Como vivenciamos nosotros este tránsito del ser al no-ser ,de lo terrenal a lo eterno ,de la nada de la que hemos venido ,para algunos o una otra más autentica existencia para otros?.
Leonardo, campeón del pensamiento Renacentista, nos asegura que "Como una giornata ben spesa dá lieto dormire,cosí una vita ben usata dá lieto morire"" como un día bien trajinado da un sueño sereno, así una vida bien usada da un sereno morir" Otra es la postura de su gran antagonista, el angustiado pre barroco Miguel Ángel ,cuya existencia resultó envenenada por su constante preocupación a lo que le esperaba en el más allá, por lo que consideraba pecaminosas sus divinas creaciones plásticas-Bambocci-(muñecos)como él las llamaba ,porque habían desviado su pensamiento de la meditación sobre sus pecados, su arrepentimiento, su salvación ,por otros fines, frívolos y mundanos..
Otro problema cuyo replanteo se repite a lo largo de los tiempos, es el caso de personas que llegan al borde de la muerte por accidentes cardiacos y luego se recuperan y afirman que de ese episodio les ha quedado el recuerdo de haber visto otra vida ,luminosa y misteriosa, es decir una extraña experiencia de un "mas allá".
Cientificos como Klubler-Ros o Kristal Stendhal , entre otros ,investigaron este fenómeno, que ha reactivado la fe en la metempsicosis,o en una vida ultraterrenal .Es el mundo cuyo recuerdo lleva consigo, al despertar gravemente herido y al borde de la muerte, Tristano, en el Opus de Wagner " no vi el sol ,ni suelo ni gente, mas lo que vi ,eso no te lo puedo decir..." Vió lo inefable.
Otro problema que se plantea ¿Es doloroso la vivencia de ese tránsito? Poetas como Leopardi, filosofos como Schopenhauer ven en la muerte la hermana del sueño y creen en un "lieto morire" o por lo menos en una desaparición en la nada y sin dolores. Tesis compartida por muchos fisiólogos que piensan que los trastornos respiratorios y circulatorios del proceso tanatico, provocan instantánea y paulatinamente una anoxia cerebral y por lo tanto un estado de inconciencia e insensibilidad.
Contradice esta generalización el hecho de la inspiración estertorosa y angustiosa de muchos moribundos y su rostro que expresa, a veces ,un gran sufrimiento. Algunos fisiopatologos interpretan estos hechos como automatismos reactivos que no reflejan una realidad vivencial.
¿El moribundo desea ser asistido, acompañado por sus seres queridos en su extremo tránsito? En el simposio realizado en Munich en 1974 sobre medicina psicosomatica, la contestación fue positiva, especialmente en niños que debían morir según las experiencias de Ginette Raimbault (el niño y la muerte).
La experiencia en los animales es completamente distinta .Se esconden en la selva o en cuevas, lejos de los demás, para morir en paz.
Los Cormoranes(pájaros palmípedos)hacen el vuelo de la muerte a un “cementerio colectivo” de la costa peruana. Los elefantes,los perros ,los gatos, se esconden para morir. La perra ovejera de Colette Aubry, enferma por una infección letal, se esconde detrás de la bañera para morir ,los gatos del Panteón de Roma, se esconden pasando por fisuras ocultas ,cuando les llega su hora, ejemplos todos de un deseo primario e inconsciente de retorno silencioso a la madre tierra.
Agregamos aquí las vivencias de moribundos descriptas en dos novelas celebres, ”Niels Lyhne” de Jan Jacobsen y “Sanin” de M. Arzybaschv.
NIELS militante evolucionista darwiniano, vive su romance de amos con Gerda, a la que quiere y comparte su ideología .Se casan y ella le da un hijito ,mas Gerda enferma y muere y ya en estado agónico le dice “Si tu pudieras acompañarme ,mas ¡sola no lo soporto!, debes llamar al pastor pues no puedo llegar arriba sola, es como una luz que experimento, un tañido de campanas”. Murió consiente y serena en los brazos de Niels, mas la mirada de amor ,lo mejor que el hombre habia tenido en su vida se había apagado. Ella está con su nueva alianza, su nuevo compañero ,está con Dios. Al poco tiempo se le muere, a causa de una infección ,también el niño, a pesar de sus plegarias a Dios ,con las que quebró ,por instantes, su pacto con la ciencia .Luego tendrá vergüenza de su debilidad. Viene la guerra y Niels se presenta como voluntario y un proyectil lo hiere mortalmente en el pecho. El médico y amigo quiere llevarle el consuelo del pastor de almas, mas Niels esta vez lo rechaza y quiere morir su muerte ,la muerte dentro de su credo científico y termina sus días en un delirio con fantasías de fidelidad a su cosmovisión.
En “Sanin”el estudiante Semenov es víctima de una hemorragia pulmonar tuberculosa, queda consiente y agónico con altibajos por algunos dias, sus compañeros lo pensaban agónico y llamaron al pope y al cantor que cantó sus letanias. Todos lo creyeron definitivamente muerto y comentaban su despedida, mas él se mantuvo consiente, los escuchaba, y de vez en cuando manifestaba con mímicas su presencia .En cierto momento el sacerdote dijo, ha fallecido. Y de Semenov salió una última protesta y un insulto al pope que lo declaró muerto. Luego vino la muerte auténtica “el acercarse de la muerte ha sido más pavoroso que su último golpe” comenta el autor. Otra experiencia ,no ya novelesca, sino autentica, fue expresada por el protagonista mismo Gaetano Salvemini ,el gran historiador italiano muerto en exilio en Estados Unidos que en la nota “Il Ponte “reproducen las últimas palabras del moribundo” he sido feliz en la vida ,tantos amigos fieles me rodean ,gracias por todo.asi se muere feliz” confirmando la tesis de la Dra. Giuliana Dellarrosa :las muerte acompañadas por la introspección de imágenes buenas ,alivian el proceso.”Queridos amigos y amigas ,os quiero .No entiendo porque la gente le teme a la muerte. Hay que acabar con ese temor, denle difusión a mi experiencia Gracias, gracias por todo, estoy orgulloso; así vale la pena morir. Me interesa cual será el momento del tránsito, y como lo experimentaré. Os reconozco todavía a todos, uno a uno. La conciencia sigue tranquila. Es realmente interesante morir con la sonrisa en los labios, esto lo quisiera yo…quisiera abrazarlos a ustedes todos. La más bella muerte rodeado dede los amigos sereno feliz. Ella se acerca lerda-Concetta ¡qué buena has sido! Livia, buena amiga hasta el final .Es difícil establecer el momento, mas todo procede como debe .El distingo es difícil…. Tengo todavía fuerzas para estrechar las manos que se me brindan….”
Para terminar he aquí una auto experiencia .Primera guerra mundial, hospital de campaña a 15 kilómetros del frente de batalla, El suscrito ,joven militar de sanidad yace internado por una fiebre tifoidea de curso atípico y desenlace crítico sufre una baja repentina de la fiebre y de la tensión arterial y un lento tránsito de la lucidez al coma, con la sensación de morirse, da un mensaje a los compañeros de sala para los padres” he muerto sin sufrir un último abrazo a ellos” Paulatino estado de inconsciencia ,intervención médica de inmediato ,con inyecciones de analépticos. Retorno a la vida. Experiencia tanática que confirma, la tesis optimista, amor y muerte, son hermanos. Lo que si duele es el desgarramiento de entrañables vínculos de afectos el vacio irreversible que queda.

lunes, 5 de septiembre de 2011

León por Osvaldo Bayer

Formábamos “los cinco”. Así nos llamábamos. Nos reuníamos todos los jueves en “El Tugurio”, mi casita en Belgrano. Allí discutíamos desde el ocaso hasta la medianoche. León Rozitchner, David Viñas, Tito Cossa, Osvaldo Soriano y yo. Fue en los años noventa. El tema era siempre el país. Cuatro habíamos pasado la dictadura en el exilio y Tito Cossa en el exilio interior, negado pero más dramaturgo que nunca. Eran discusiones interminables que nos unían y nos separaban. Pero al jueves siguientes estaba nuevamente brindando la comunidad con una copa.

Recuerdo la picardía de Soriano, que llegaba último, por supuesto, y largaba provocativamente el tema sobre la mesa. Para que se “agarraran” David y León. La discusión comenzaba casi en voz baja y terminaba levantados gritándose nuevamente. David y León. Los dos fallecidos este año. El primero en irse para siempre fue el más joven de todos, Soriano, el inolvidable. Me acuerdo cuando los cuatro del grupo fuimos al sanatorio a animarlo antes y después de la operación. Pero se nos fue. Nuestra tristeza profunda ante lo injusto. El más joven. El que más prometía. Y este año, David Viñas, en marzo, sin avisarnos. No pudimos escuchar nunca más su voz ronca y su ironía de ser todos argentinos de distinto origen pero ahí firmes, en la actualidad para protagonizarla. Y ahora, León, el filósofo, el psicoanalista. Yo le daría el mejor de los títulos: el Filósofo Rebelde.

El Filósofo Rebelde era un verdadero León. Un sabio. Sus estudios, profundos. Un docente de la inquietud y el no conformismo. Amigo de la amistad, de la intimidad de los pensamientos. Nos invitaba a su estudio allá cerca de las Barrancas de Belgrano y cocinaba él. Tan buen filósofo como cocinero. Y su compañera Claudia, tan joven, y sus dos mellicitas, un padre joven de la edad de un abuelo pero con la fuerza increíble de su optimismo. Un judío capaz y tan valiente de ser un crítico profundo de la política israelí para con los árabes pero con un digno respeto a la cultura de sus ancestros.

Un ser humano sabio. Un León. Una pérdida total para sus amigos. De los cinco quedamos dos: Tito Cossa y yo. Mantendremos siempre el recuerdo vivo de los tres que ya nos han dejado. Adiós, León. Ya nos encontraremos.

jueves, 25 de agosto de 2011

AQUELLOS VIEJOS SABIOS por Por Enrique Rozitchner

Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) escribió, ya en su madurez, el diálogo Catón el mayor o sobre la vejez. En él señala que todos los seres humanos quieren llegar a viejos, pero todos se quejan de haber llegado. Cicerón dice que muchos que han alcanzado la vejez le hacen reproches a ésta, se lamentan de haberla alcanzado, y que esto no sería más que una gran necedad. La actitud de reproche a la vejez se basaría en la imposibilidad de comprender las características propias de cada etapa de la vida. Renegar de la vejez significa renegar de la naturaleza y de la vida misma. Cicerón sugiere valorar cada etapa en función de ella misma y no con relación a otro momento vital: cada una de ellas tendría lo suyo y de nada sirve reclamarle lo que no puede ofrecer. Desde el punto de vista psicológico, el pensamiento de Cicerón respecto de la vejez es totalmente compatible con los ciclos vitales que propone Eric Erickson (El ciclo vital completado, ed. Paidós), si bien se define más bien como una ética o una subjetivación. En definitiva, se trata de aceptar el final de la vida, como acto último.

El Catón formula una preparación para la vejez, pero no en tanto resignación ante las pérdidas, sino como un estadio más bien grávido de existencia. La pérdida de placer que se le achaca a la vejez no es propiedad de ésta: si así fuera, todos los mayores se lamentarían, pero muchos no se quejan, no pierden esa capacidad. La responsabilidad no es de la vejez, sino de una vida mal vivida, o de ciertas costumbres que no pueden sostenerse en el envejecimiento. Cicerón introduce en esto el tema de las virtudes: quien ha trabajado suficientemente consigo mismo no cae en esa posición de lamento inconsolable al envejecer. Falsas creencias o prejuicios disimulan una vida vivida sin virtud.

Cicerón relativiza que la edad pueda ser problema, en comparación con el énfasis puesto en la subjetivación ética y el cultivo de las virtudes a lo largo de los distintos momentos de la vida: la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de buenas acciones realizadas son, para él, elementos de máxima importancia en la vejez. Se desprende de esto que una vida mal vivida posee más riegos de finalizar de forma depresiva.

Cicerón valoriza la experiencia anímica de los que han vivido muchos años, y aquí se marca un contraste entre la cultura del Catón y el mundo actual. Para Cicerón, los mayores también tienen asuntos sociales y políticos que atender y lo hacen de manera diferente que los jóvenes; acciones importantes que no requieren celeridad, sino prudencia y reflexión, funciones que suelen desarrollarse con el envejecimiento. El lugar común de la vejez débil o dulce contrasta con esos hombres cargados de años y poderosos que toman decisiones enérgicas y temibles, como declarar una guerra.

La capacidad intelectual de muchos adultos mayores es superior a la de muchos jóvenes. Cicerón explica que la pérdida de la memoria en el envejecimiento se evita ejercitándola, y el ejemplo al que recurre parece una ironía: conviene leer epitafios, lo cual, además de ejercitar la memoria, renueva el recuerdo de los muertos. El epitafio representa también la rememoración de personalidades y acontecimientos significativos, una memoria social y cultural. En realidad, ni el viejo ni nadie recuerdan cosas que no despierten algún interés. Quizás el cuidado de la memoria responde más a esa práctica selectiva de la historia afectiva de cada uno. Cicerón remarca la diferencia entre simple recuerdo y reminiscencia, entendida ésta como recuerdo cargado de afecto y significación, que hace a la integridad del sujeto. En los adultos mayores la memoria tiene características reminiscentes, antes que la acumulación de información que sería más propia del joven.

Cicerón señala el riesgo que conlleva considerar incapaz al adulto mayor, un problema antiguo y muy vigente. Cicerón relata el caso de Sófocles, quien en su ancianidad fue acusado de incapaz por su hijos porque, descuidando su fortuna, se dedicaba a escribir tragedias; llevado a juicio para que se lo apartara de la administración de sus bienes, recitó ante los jueces Edipo en Colona, preguntó si esa obra parecía escrita por un incompetente y los jueces le dieron la razón. Cicerón dice también que, en otros niveles sociales y económicos, los adultos mayores trabajan con ahínco en cosas que personalmente no los favorecen como donación a las generaciones venideras: el viejo agricultor siembra para los descendientes como un compromiso cultural y social, un cuidado del mundo.

La desculpabilización y la desmitificación de la vejez organizan el Catón. Muchas veces hacemos de la vejez el chivo emisario de una serie innumerable de reproches que, en el fondo, están dirigidos a la vida. La mayoría de los problemas de la senectud, su imagen caricaturesca como indolente y adormecida, no serían más que sus defectos, del mismo modo que la soberbia y la lujuria lo serían de la juventud.

El Catón valoriza la reunión de amigos y las charlas bajo la modalidad romana del banquete, que era la expresión máxima de la voluptuosidad; Cicerón destaca en él el convivium, la comunidad de vida. Es posible disfrutar de banquetes prolongados, no sólo con los coetáneos, sino con las generaciones más jóvenes. El placer está más puesto en la conversación que en la bebida o los manjares, sin que eso signifique que la vejez carezca de sensibilidad a estos placeres u otros lujuriosos. La capacidad sublimatoria de disfrute en el convivium señala los placeres del animus, de la psiquis, como un modo de evitar el aislamiento.

Pero es el prestigio, la auctoritas, como dice Cicerón, la corona de la vejez; especialmente cuando recibe honores, tiene más valor que todos los placeres de la juventud. El prestigio, reconocido por todos, incluso trasciende la muerte. La auctoritas se parece a un narcisismo sostenido a través del reconocimiento comunitario, pero se construye, según el Catón, desde la adolescencia, a lo largo de una trayectoria de vida. No todas las ciudades de la antigüedad honraban la auctoritas de la vejez: Cicerón consigna que Esparta era la mejor residencia, mientras que en Atenas sucedía que, si un viejo entraba al teatro, nadie le cedía el asiento, en un acto adrede de injusticia. La auctoritas se confirma desde la cultura, desde el reconocimiento grupal, desde el lugar que la comunidad le hace a la vejez. En rigor, la noción de este último alimento narcisista revierte la base naturalista del placer, ya que está en el límite de la dependencia del otro, del poder que el otro otorga.

En la actualidad, la demanda de ese placer máximo por parte de los adultos mayores choca con una sociedad que no se refleja históricamente en ellos; se transforman en desechos culturales, dejados a la vera del camino del incremento de la velocidad tecnológica. Como producto de los avances tecnológicos, llegar a viejo se ha convertido en una posibilidad masiva, pero se ha disuelto el sentido que tenía, en la antigüedad, como último acto. La longevidad ha reemplazado a la vejez.

La cercanía de la muerte, por otro lado, figura entre las condiciones que hacen desafortunado el proceso de envejecimiento, pero Cicerón (como todos los estoicos) piensa que la muerte debe ser despreciada o resultar indiferente, tanto si se extingue el animus o no, pues en este último caso debería desearse; para Cicerón, no hay otra posición posible con relación a la muerte aparte del desprecio, la indiferencia o el deseo de ella. En la muerte, según Cicerón, no hay nada que temer, ya que o bien en ella finaliza el ser o bien mora la felicidad. De todas maneras, la inminencia de la muerte comprende a todo ser humano vivo y no sólo a los que han envejecido; la muerte es común a toda edad, con la diferencia de que el joven espera vivir muchos años, mientras que el anciano no. Cicerón afirma que el adulto mayor está en mejor situación que el joven porque ha conseguido lo que aquél espera. En realidad, en tanto el fin existe, nada puede tenerse como demasiado duradero. Uno debe contentarse con el tiempo que le ha sido dado para vivir, pero no como un a priori, sino como aceptación de la finitud de la vida. Este tiempo particular y subjetivo (como el del inconsciente) no tolera la cuantificación cronológica que finaliza con la muerte. El desprecio estoico de ésta se debe a que el valor máximo se pone en la vida. De este modo, la vejez no se transforma en la espera de la muerte; Cicerón no habla de una preparación para morir. Estas posiciones con relación a la muerte, despreciarla o desearla, son sacrílegas en una cultura cristiana como la nuestra, pero el estoicismo pagano convierte a la muerte en una clave de la vida; desear la muerte expresa el máximo de la autonomía del sujeto, la resolución deseada del último acto, ya sin mitología o narrativas infantiles.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Epitafio por Marta Dillon


El sábado pasado comenzaron los ritos para el entierro de mi madre. Fue un inicio fuera del guión de las exequias, pero cualquier guión se disloca cuando las exequias se postergan 35 años. “¿Quién hizo la reducción?”, preguntó, por ejemplo, el empleado del cementerio donde finalmente será inhumada. “El tiempo”, contestamos casi a coro mi hija y yo frente a su mirada atónita mientras mi prima, que nos acompañaba, emitía una breve carcajada. El hombre insistió: “¿Qué cochería la trae?”, “ninguna, vendrá en su urna, montada en un camión y esperamos que acompañada por música y banderas”. No tiene caso describir el resto de la conversación, tal vez lo más destacable sea la insistencia del empleado en que nosotras no podíamos transportar restos, que para eso necesitábamos un pase, un documento. Los huesos de mi madre, también desde la burocracia del Estado, exigen una identidad, un documento. Otras conversaciones como ésta se fueron dando en la semana. Mientras escribo mi hija me llama y me cuenta que había habido una discusión en su trabajo sobre la pertinencia de la música en el entierro, no era una fiesta, decía, justamente, el encargado de poner música. Sí, también podría ser una fiesta, decía ella, al fin y al cabo recuperamos esos huesos amados para rodearlos del amor y el honor que no tuvo cuando fue enterrada como NN en un cementerio de la provincia de Buenos Aires, exhumada y vuelta a inhumar sin más ritos que una bolsa negra con un número asignado en la que se mezclaron los huesos de quienes habían encontrado la misma muerte clandestina. “¿Qué somos, Marta, hermanas de muerte?”, me preguntó hace unos días Clarita Bacchini casi al mismo tiempo en que se desdecía para inventar otros vínculos: “¿Hermanas de final? ¿Hermanas de la vida?” La vida y la muerte, pienso para mí, se cosen con el mismo hilo infinito de amores, dolores y lucha; que esa nunca falta, siempre a brazo partido. El padre de Clarita recibió la misma ráfaga que mi madre. El había sido cura católico, su hija es pastora metodista, ella supo que una de las últimas palabras de consuelo que su padre eligió para otros desaparecidos fueron un himno metodista.

No importaba el guión, entonces, cuando nos reunimos el sábado a preparar la nave en la que mi madre emprenderá su último viaje, esta vez sí, definitivo. Fue ella misma la que inspiró el acto. Desde que fue identificada, desde que se convirtió en una aparecida, mi camino está empedrado por la necesidad de devolverle carnadura a sus huesos. Para una niña de diez años mamá es un montón de palabras sueltas, un olor que emanaba su escote –tal vez fuera una mezcla de transpiración e Intimate, de Revlon, que tanto le gustaba–, la seguridad de su abrazo, la incertidumbre frente a preguntas imposibles como aquellas que buscaban mi acuerdo para sus decisiones aunque incluyeran una palabra que sólo en la superficie sabía qué significaba: riesgo. Para la mujer que soy, mamá empezó de pronto a ser una incógnita. ¿Sería tan audaz como la recordaba? ¿Tan sensual como la percibía?, ¿valiente y aguerrida como una amazona? Dónde trabajó, de quién se enamoró, de qué hablaba con sus amigas. La maestra y abogada se reveló también una artesana, una buscavidas que enhebraba collares o pintaba sobre tela para que estar sola y con cuatro hijos no se convirtiera en una restricción; una mujer que era capaz de invitar a un batallón a comer al puerto de Mar del Plata para después hacernos huir a todos sin pagar –ella era la última en salir, claro–, con tal de no perder sus placeres burgueses.

No podía dejarla ir en una urna funeraria, así que mis amigas y yo nos reunimos, cada cual trajo su ofrenda y su arte, para que eso que llaman su “última morada” sea lo más parecido a lo que ahora creo, le hubiera gustado. Y el aquelarre se produjo el último sábado. Entre las doce que estábamos encontramos una maestra de ceremonias, Alejandra, que además de amasar las pizzas supo dibujar en acrílico cada uno de nuestros deseos. Pintó una Evita Montonera sobre uno de los laterales de la caja que había mandado a hacer mi esposa Albertina, mientras Josefina nos explicaba a todas la paradoja de esa imagen convertida en icono, a Eva no le gustaba pero la juventud de los setenta necesitaba su ninfa en época en que las mujeres lo desafiaban casi todo para salir sobre sus plataformas junto a sus compañeros y por ellas mismas, cumpliendo con el codo a codo del poema aunque también cargando con los hijos que siempre terminaban siendo su responsabilidad. Raquel hizo lo que sabe hacer, bajarnos a tierra: escribió la palabra “mamá” y pegó, uno a uno, pedacitos de piedra verde para darle relieve. Lucila, en cambio, quiso hacer algo “orgánico” en el sector que tomó por asalto y que se convirtió en un mar con un cielo rojo como el que soñaron nuestros padres y madres. Si nos poníamos a hacer cuentas, teníamos sobre la mesa tantos muertos susurrándonos al oído como risas estridentes llegando al cielo. No fue casualidad, por supuesto, que fuéramos tantas Hijas –con esa mayúscula que le da un sentido unívoco al término– en esa noche; como tampoco era casualidad que no fuéramos sólo Hijas. Este entierro es nuestra historia común, lo sabíamos todas, lo sabemos todas y por eso la caja, la urna se fue hamacando en nuestras manos mientras la conversación iba del amor a la banalidad, de los hijos a las muertes. Albertina contó cómo le había explicado esa misma mañana a nuestra nieta de cuatro para qué era esa caja, cómo ella lo entendió sin más y hasta fue capaz de decirle a nuestro hijo de dos que insistía con meterse dentro, “¿estás loco?, ¿te crees que sos un huesito?”. A lo largo de la noche salieron otras fotos de nuestra vida en común: nos veíamos tan jóvenes en algunas, tan flacas en otras, tan dispuestas a la aventura siempre, que algo más que la urna de mi madre, era evidente, estábamos también fraguando en esa complicidad de risas, anécdotas, bebidas y trabajo compartido.

La muerte, siempre, sella su contraste sobre lo que se acaba. Quedará lo que fuimos, lo que dimos, ese perfume de magnolia que permanece en quienes amamos. Vaya a saber cuántos nombres se estuvieron velando el último sábado aunque fuera el de mi madre el que escribimos sobre la urna. Su historia, la de mi mamá, fue breve. Más que la de cualquiera de las que compartimos esa noche. Su presencia, sin embargo, ese perfume que como un rastro se puede seguir de quienes amaron y fueron amados, de quienes eligieron el arrebato de una idea poderosa pero tangible por sí mismos y por los otros, ha sido capaz de desafiar al tiempo. Algo de eso se hizo presente mientras las manos amigas le daban vida al último refugio de la muerte.

Tengo miedo ahora de despedirme. Me asomo al duelo, esa posibilidad que se celebra cada vez que se identifica a un desaparecido, a una desaparecida, con el temblor de quien no sabe exactamente lo que vendrá después. Siempre habrá algo que seguir buscando, pienso. O tal vez no. Tal vez todo lo que busco está en esta historia compartida entre la vida y la muerte; entre la historia de nuestros padres y madres y la que supimos hacer con nuestras propias manos, algo parecido a esa caja llena de colores que como un alhajero guardará lo más preciado, aquello largamente buscado.

A última hora, cuando intento cerrar estas líneas de las que dudo porque se parecen tan poco al epitafio que quería escribir, escucho la respiración de mi hijo menor muy cerca. Lo digo y me doy cuenta que no hay biografía que no se escriba sobre el propio cuerpo. Perdón, mamá, entonces si me voy por las ramas y la vida se impone sobre tus huesos. Pero algo de esto también te debo. Como se los debo a cada uno y cada una de los que hicieron posible haberte encontrado. Si la muerte sella su contraste no es contra tu corta vida sino con el largo triunfo que significa para tantos y tantas saber que estamos vivos, que podemos llevarte andando, que hay algo que hicimos juntos y que ese algo, muchas veces, como ésta, se parece a la victoria.

martes, 12 de julio de 2011

Facundo Cabral

...."Un tipo que a los setenta años no tiene solucionado lo económico es bastante estúpido. Estoy becado. Subo al escenario y me dan un café, dulce de leche, spaghettis, una botella de vino, un hotel, un avión. Vivo fenómeno. Pero mi salud es más que endeble, aunque soy de la clase de gente que no se queja. Me parece una vulgaridad quejarse. Para mí la muerte nunca fue un tema serio. Más bien es excitante la idea de la gran hembra, la muerte. Yo me imagino que el paso final debe ser como el silencio en el teatro, antes de que se encienda la luz. El paso al otro lado debe ser así. Ese silencio.”.....

Aunque todos nos parecemos, nadie duda de que cada ser humano es único. Pero hay algunos que no se parecen a nadie. Facundo Cabral fue uno de ellos. No pretendía ser inteligente y lo era. No ostentaba ilustración pero era un hombre cultísimo. Tenía todas las razones para estar resentido con la vida y no lo estaba. Andaba por lo alto de la consideración de todo un pueblo, pero a él le gustaba volar bajito.
Si uno quería charlar con él, más bien escucharlo, tenía que estar dispuesto a bajar un cambio. Sus frases parecían arbitrarias, a veces surrealistas, y ocurría que al cabo de unos instantes cobraban un sentido cuya contundencia era irrefutable. Tenía la costumbre de rumiar cada palabra y les daba en su boca un tiempo de maduración. Es claro, nadie puede rondar el misticismo o la filosofía hablando a borbotones.
Conoció la dureza de una infancia complicada, con un padre ausente que conoció a los 46 años. Fue analfabeto hasta los 14. Trabajó duro en el campo, aunque nunca se sintió gaucho. Creía en la trascendencia tal vez por la influencia de su madre que se atrevió a decirle a Borges que no podía ser agnóstico. “Están los que creen y los que creen que no creen”, decía Facundo al hablar de Dios.
Su increíble hallazgo fue descubrir y hacer suya la certeza de que la vida alcanza para que un hombre sea rico. Una y otra vez hablaba de que la gente no está deprimida, está distraída. “Tenemos un corazón, un cerebro, ¿qué más necesita el hombre para sentir el deleite de lo que lo rodea?” Esa convicción lo llevó a viajar mucho. Es más, decía que no era un cantante, que apenas era un caminante que se atrevía a cantar.
Su prédica pacifista llevó a la Unesco a nombrarlo Mensajero Mundial de la Paz, distinción que puso muy contento a Facundo y a todos aquellos que conociéndolo muy de cerca sabían que era más que merecido. Hoy las redes sociales, las radios y canales de televisión, los diarios y muchos sitios en Internet multiplicaron su palabra, su mensaje a través de la música. Es curioso ver cómo una voz se multiplica ad infinitum después de que su dueño muere. Su palabra repetía el mismo concepto: el valor de la paz y la amenaza de la ambición.
Muchos podrán encontrar un contrasentido al hecho de que un pacifista muera a manos de los violentos. Con ayuda de la imaginería podríamos concluir en que el mismo Facundo se asombraría de esta ecuación. “Si un violento se pusiera a reflexionar sobre la impertinencia de matar a un pacifista no deberíamos llamarlo violento”, puede que acotara.
Quiero también imaginar la imposible reflexión de su propia muerte. Una y otra vez dijo que su vida había sido plena y dichosa. Que había conocido gente extraordinaria. Que tuvo la suerte que es reacia a la mayoría. Supongo que diría que se va de este mundo a aquel otro en el que vigorosamente creía sin pasar factura grande ni chica.
También me arrogo la petulancia de imaginar qué hubiera dicho en torno a su muerte a manos de asesinos. Lo imagino solidarizándose con el pueblo guatemalteco, lamentándose por los grupos violentos que lo acosan y por lo abrumados que hoy se sienten por lo que pasó. Así era Facundo Cabral, y recordándolo de esta manera, creo que haremos justicia a su prédica y enseñanzas.
Debemos asimilar este golpe transformándolo en una interpelación a nuestras conciencias. Para que reflexionemos sobre las miserias humanas y sobre la codicia que nos aniquila. Para que sepamos que “no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita”, como le gustaba repetir a Facundo tanto como citaba a San Agustín: “Sólo pide justicia, pero sería mejor que no pidieras nada.
Juan Carlos D’Amico

viernes, 10 de junio de 2011

LA CEREMONIA DEL ADIOS

"Hubo que avisarle a mi madre que acababa de morir la única hermana que le quedaba viva, y no era asunto fácil. Mi madre está muy viejita, sigue lúcida pero ha quedado casi ciega a causa de un glaucoma. Un asunto hereditario: su hermana estaba en la misma, y ya postrada en cama permanentemente a causa de otras dolencias, así que las visitas que se hacían en los últimos tiempos eran casi todas telefónicas.

Eso no redujo el nivel de comunicación entre ellas, que se caracterizó siempre por una beligerancia apenas visible debajo del cariño animal que se tenían. Mi madre y su hermana no podían ser más diferentes, pero hacían como que eran iguales. Sus diálogos consistían básicamente en esperar que la otra parara a tomar aire para poder meter baza en la conversación, y mientras tanto acompañar el monólogo con una batería de gestos faciales, que parecían reservar sólo para esas ocasiones. Pero algo empezó a cambiar cuando fueron quedando ciegas las dos. Mi madre aprendió a escuchar a su hermana cuando ya no podía verla. Hasta ella misma se daba cuenta, y espero de corazón que la cosa haya sido mutua. La hermana de mi madre era un par de años mayor que ella, se casó muy joven (como correspondía), con un buen partido (como correspondía) y tuvo una parva de hijos y de personal de servicio a su alrededor desde entonces (como correspondía). Mi madre prefirió trabajar y rechazar pretendientes mientras tanto, en una época en que estaba mal visto que una chica casadera trabajara, y mucho peor visto que siguiera rechazando pretendientes al llegar soltera a los treinta. Pero mi madre quería casarse por amor. Trabajar, mantenerse sola, fue la manera instintiva a la que apeló para legitimar ese derecho.

Recién a los treinta y cuatro supo que mi padre era el hombre de su vida (y que ella era la mujer de su vida para él: una cosa le resultó tan obvia como la otra, y así se lo hizo saber inequívocamente a él). Pero no por casarse dejó de trabajar: nos tuvo a mi hermana y a mí trabajando, y siguió trabajando cuando nos fuimos de casa, cuando enviudó e incluso cuando le llegó la edad de jubilarse. Yo la he admirado siempre por eso. Pero para su hermana, y me temo que también para ella misma, había algo inquietante, profundamente equivocado, en esas dos decisiones (y, por extensión, en las demás decisiones que tomaba en su vida). Ese fue el tema subterráneo de cada conversación entre ambas durante sesenta años: que mi madre no supiera ser como su hermana; que no pudiera.

La opinión general (y convenientemente disimulada) de la familia ha sido básicamente ésa, siempre. En todas las familias hay una letra chica que todos pueden leer y simular a la vez que no existe. Hay, sin embargo, una faceta por la que mi madre es especialmente valorada en su clan: por ser un auténtico bastión en los velorios, en la ceremonia del adiós. No es una llorona, no lo ha sido nunca. Es que por algún extraño designio, intensificado desde la muerte de mi padre, hace casi treinta años, tiene el don de decir o transmitir lo verdaderamente indispensable en esas circunstancias. En cualquier otra circunstancia de la vida es la cautiva de las emociones, la víctima de sus emociones, pero en esos trances sale de ella algo que sólo en esos momentos –y ese algo es, según me han dicho muchas personas a lo largo de los años, balsámico–.

Uno piensa estupideces cuando teme por el otro. Yo pensé que mi madre estaría en terreno seguro mientras durara el velorio: lo que me importaba era después. Desde que llegué de Gesell paso cada tarde con ella en la residencia. El primer día me pidió que le leyera las necrológicas que salieron en el diario, asintiendo y murmurando el sobrenombre con que se conoce en la familia a cada pariente que expresaba sus condolencias. El segundo día me dijo: “No quiero que nos emocionemos”, un eufemismo nuevo en su vocabulario, emocionarse como sinónimo de quebrarse, ella que ha vivido emocionada toda su vida y nunca, pero nunca se quebró, al menos en mi presencia. El tercer día, dijo, para mi sorpresa, que no quería hablar del velorio (ella que me ha contado por teléfono velorios enteros, interminables, a lo largo de los años). Sólo dijo que no vio a nadie, un poco porque ya no ve nada, pero esencialmente porque se pasó la noche sentada al lado de la cama donde velaban a su hermana.

Incluso los hijos de la difunta entendieron lo que estaba pasando aquella noche. Por primera vez en treinta años, mi madre no era la que daba consuelo: era el deudo principal. Y no había nadie como ella para acompañarla, para decirle las cosas que sólo ella sabe decir en esas circunstancias. Ayer me pidió que cuando pudiese le rescatara de casa de su hermana un álbum de fotos de su infancia que quedó allá. Dice que quiere mostrárselas a sus nietos. El álbum está desde tiempo inmemorial en casa de la hermana de mi madre. Y, como dije, mi madre ya no ve nada. Pero uno le describe la foto y ella sabe enseguida quiénes son los que están y qué hacían en ese momento y en dónde estaban. Desde que perdió la vista, mi madre ya no mira a los ojos al que le habla: se pone sin darse cuenta levemente de costado, para escuchar lo que antes veía en uno. Así nos cuenta cada foto que le describimos. El álbum queda en sus manos, ella pasa distraída los dedos por el borde de la foto mientras habla, con la mirada perdida. Se habla a sí misma, aunque siempre hay uno de nosotros a su lado. Así pasan las tardes. Va a ser una larga, y muy íntima ceremonia del adiós, y ella está encontrando por fin las palabras balsámicas que alguien tiene que pronunciar en esas circunstancias para que empiece a ocurrir lo que debe ocurrir"

Por Juan Forn

domingo, 29 de mayo de 2011

En viejos papeles encontré lo que para mi es una joyita nostalgiosa de la que no tenia memoria

DISCURSO DE DESPEDIDA DEL PABELLON DE RESIDENTES,INTERNOS Y BECARIOS DEL HOSPITAL DE CLINICAS -BUENOS AIRES-1971

No sin profundo pesar ,es que hoy,11 de agosto de 1971,vengo a poner a vuestra disposicion-miembros de este honorable pabellon,que lleva sobre si,años de tradicion y lujuria- mi renuncia como presidente de tan noble institucion.
Para no abundar en superfluos detalles que realmente no interesan a quien no los haya vivido,solo diré que hace unos dias, una bella tarde de primaveral temperatura,se trocó en un frio atardecer de invierno,cuando una bien timbrada voz me dijo,casi en un susurro "Mira...vos sabés...falta lugar...vos ya estuviste mas de un año....esto ya es suficiente para aprender..."y algunas cosas mas.En resumen,y en dos palabras ¡¡me rajaron de aca!! yo me quedé meditando sobre aquella frase del padre de la medicina-Hipocrates-." La vida es breve,el arte es largo,la ocasión fugaz,la experiencia,peligrosa,la elección,difícil.
Y hete aqui que,un alma noble (lease Claudio Bellido),enterada del problema decide cobijarme en los limites de su territorio del onceavo piso de este edificio,nada menos que en la cátedra de José "EL PEPE"Burucúa.¡Si señores!Es alli donde parto,dejando atrás,muchos momentos preñados de calidez humana compartidos con este magifico grupo humano.
Realmente,no puedo yo decir que haya hecho algo relevante por este pabellon,lugar que, sin ser el hogar propio lo reemplaza en otras cosas que aquel nos suele brindar.
Si bien no quiero justificarme,debo recordarles que solo estuve en funciones 40 dias-aunque conviví aqui un año y medio- y perdonenme la clara y criolla expresión ya que durante este periodo"estuve con el culo a la bulla"hasta que obtuve la prorroga de mi beca.
Tenia algunas ideas-y no lo digo demagogicamente ahora que "me van"-y que quizás solo hubiera quedado en eso ,solo ideas.Creo que puede ser de algun valor ennumerarlas para mi sucesor:
1) Clases de idiomas, en horarios convenientes para los integrantes del pabellon(el dr Hernan Vera,era el encargado de la busqueda de material didactico).2) Tratar de solucionar el tema del lavado de las ropas .3) Mejoramiento de mobiliario,cortinajes,etc.
4)Cursos de diferentes tópicos,culturales,sociales,cientificos,organizados por y para el pabellón,invitando a diferentes personalidades.
5)Entablar relaciones con pabellones similares,de otros hospitales,de otras ciudades o buscando intercambios de grupos,para el alojamiento en épocas de vacaciones.
¡En Fin! como dijo Séneca milnovecientoscuarenta años atrás,mientras cumplia sus deberes conyugales
"QUE TARDIO RESULTA COMENZAR A VIVIR,PRECISAMENTE CUANDO ES NECESARIO ACABAR"
Por último siguiendo con Séneca de su libro "Sobre la brevedad de la vida"(cedido gentilmente por un ilustrado miembro de este pabellón de galenos ,para facilitarme la redacción de este discurso)extraigo esta otra frase:"Divido la vida en tres etapas;La que fué;La que es;La que será De ellas ,la que vivimos es breve,la que viviremos,dudosa,la que hemos vivido,segura;esta es precisamente,aquella sobre la cual perdió su jurisdicción la fortuna,la que no puede ser sometida al arbitrio de nadie"
Quiero agradecerles a todos el privilegio que me otorgaron con la presidencia de este glorioso pabellon por donde pasaron grandes maestros de la medicina ,cuyos nombres aun estan grabados en las puertas de viejos muebles,tambien hago extensivo mi agradecimiento al querido Mafone,quien hace las veces de mayordomo de este recinto y que siempre tiene una palabra de aliento y de consuelo para aquellos que son nuevos o que sufren las dentelladas del desarraigo de sus lugares de origen.
Espero, que -desde el ostracismo de las alturas,donde voy- el recuerdo vívido y latente de todos ustedes,sea el bálsamo,que suavice el dolor de la llaga de la nostalgia y atempere la enfermedad
del destierro

sábado, 21 de mayo de 2011

Poema de Bartolomeo Vanzetti-del último discurso en la corte en su defensa y en la de Nicola Sacco,y que a ninguno les sirvió

He hablado tanto de mí mismo
que casi olvido mencionar a Sacco.
Sacco es también un obrero,
desde su niñez un experto obrero,
amante del trabajo,
con buen empleo y una buena paga,
una cuenta de banco, una esposa buena y amable,
dos lindos hijos y un hogar pequeño y limpio
a la orilla del bosque, cerca de un arroyo.

Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre;
un hombre amante de la naturaleza, de la humanidad;
un hombre que lo dio todo, que sacrificó todo
a la causa de la libertad y su amor al hombre:
dinero, descanso, ambición terrena,
su propia esposa, sus hijos, él mismo
y su propia vida.

Sacco no ha soñado nunca robar, asesinar.
Ni él ni yo nos hemos llevado jamás a la boca
un pedazo de pan, desde nuestra niñez al día de hoy,
que no hayamos ganado con el sudor
de nuestra frente. Nunca.

Oh, sí, como alguien lo ha dicho
yo puedo ser más ingenioso que él;
mejor conversador, pero muchas, muchas veces
al escuchar su voz cordial resonando con fe sublime,
al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo
me sentí pequeño ante su grandeza
y me encontré a mí mismo luchando por contener
las lágrimas de mis ojos,
y calmar mi corazón
impidiendo a mi garganta sollozar frente a él:
este hombre llamado ladrón y asesino y sentenciado a muerte.

Pero el nombre de Sacco vivirá
en el corazón de la gente y en su gratitud
cuando los huesos de Katzmann
y los vuestros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre,
vuestras leyes e instituciones
y vuestro falso dios
sean apenas un borroso recuerdo
de un pasado maldito en que el hombre
era lobo del hombre.

[...]

Si no hubiera sido por esto
yo podría haber gastado mi vida
hablando en las esquinas a gente burlona.
Podría haber muerto inadvertido, ignorando, un fracaso.
Ahora no somos un fracaso.
Ésta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca
en toda nuestra vida pudimos esperar hacer tal trabajo
por la tolerancia, por la justicia, por la comprensión
del hombre por el hombre
como ahora lo hacemos por accidente.

Nuestras palabras, nuestras vidas,
nuestros dolores...¡nada!
La toma de nuestras vidas
—vidas de un buen zapatero y un pobre
vendedor ambulante de pescado—
¡todo! Ese último momento nos pertenece:
esa agonía es nuestro triunfo.

domingo, 1 de mayo de 2011

Casualidad o causalidad

Al ingresar al blog para insertar el el fragmento del dialogo Sabato-Borges. veo que en la entrada anterior había puesto un pensamiento de Cioran que al igual que Sabato son dos personas que enfocaron sus vidas desde una misma óptica oscura y pesimista.¿Tendrá razón Carl Gustav Jung? . Leemos a DOINA GHEORGHIU:
"Por cierto, ¿por qué no se ríen Cioran y Sábato? Intentemos imaginar las dos caras sonrientes, incluso algo picaronas, como si nos prepararan a escuchar cosas divertidas, agradables... no nos sale, ¿verdad?, porque, como solían decir, ¿cómo puedes escribir que estás “en las cimas de la desesperación” o denunciar las injusticias sociales y, aún así, sonreír feliz, recibir premios, brindar en cócteles y poner cara de gala delante de las cámaras de televisión como si nada? Quizás en pocos artistas se note tanta coherencia entre su propia vida – la personal y la de cara al público – y los principios por los que abogan en su escritura como en Cioran y Sábato, escritores tan diferentes y, sin embargo, tan parecidos, un pensador que
no quiso ser filósofo y un poeta que se empeñó en ser un gran novelista, ambos conscientes de que “hay que despertar al hombre en su viaje hacia el patíbulo”.
Ambos ven en la vida un mero camino hacia la muerte, que, “de todos modos, es muy triste”; no obstante, creen que vivir sin el sentimiento de la muerte significa vivir inconscientemente, sin prestar atención alguna a su eterna e inquietante presencia. Para Cioran, la muerte es intrínseca a la vida misma, no hay línea de demarcación entre los dos momentos trascendentales del ser humano. ”Es curioso, pero hay gente que no siente la obsesión de la muerte, su permanente merodeo. Yo siempre la he vivido, sobre todo en los momentos de felicidad. Más aún – diría – en esos precisos momentos. Es algo que no nos impide vivir, pero que da un tono distinto a la vida. Sábato vincula el tango con lo “esencialmente argentino” porque lo cree fruto de esa metafísica de la historia nacional: “pocos países en el
mundo debe de haber en que el sentimiento de nostalgia sea tan reiterado: en los primeros españoles, porque añoraban su patria lejana; luego en los indios, porque añoraban su libertad perdida y su propio sentido de la existencia; más tarde en los gauchos desplazados por la civilización gringa, exiliados en su propia tierra, rememorando melancólicamente la edad de oro de su salvaje independencia; en los viejos patriarcas criollos, porque sentían que aquel hermoso tiempo de la generosidad y de la cortesía se convertía en el materialista y mezquino territorio del arribismo y de la mentira”3. Y a esa base híbrida de sucesos y sensaciones se suma
un último hecho significativo: los inmigrantes, porque extrañaban su viejo terruño europeo, sus costumbres milenarias, sus navidades de nieve junto al fuego, las viejas leyendas de sus lares. Para Sábato, el tango encarna la nostalgia, la tristeza, la frustración, el descontento y el rencor y, aunque tal vez pueda parecer paradójico, lo considera un hecho positivo, porque, a través de su expresión artística (sus letras y su danza), se constituye no solamente en expresión de lo argentino, en esa búsqueda incesante de identidades que cumple cada país, sino también en un vehículo de la liberación de esa nostalgia y esa tristeza. De esta manera, Sábato adscribe a la popular definición de su máximo creador, Enrique Santos Discépolo: “el tango es un pensamiento triste que se baila”, es la quintaesencia del sentimiento trágico de la vida a la manera de Unamuno que lleva dentro el argentino, ese ser desarraigado cuya patria no es ni Argentina, ni lo que dejó atrás. La razón principal de esta tristeza argentina es para Sábato vivir en el desierto, como comenta en el mismo artículo: “Ya desde los mismos orígenes, cuando los amargados segundones de España llegaron a probar fortuna en este territorio vacío, en este paisaje abstracto y desolado, seguramente empezó a surgir esa tendencia hacia la reserva y el silencio que luego fue carácter peculiar del gaucho, como lo es siempre de todo hombre del desierto”. Para Sábato, no es casual que las grandes religiones monoteístas del Occidente nacieran en el desierto, en solitarios hombres enfrentados con esa metáfora de la Nada o de lo Absoluto que es “la llanura sin atributos”. a lo mejor, la tristeza es vivir en el presente, cuyo significado se nos escapa, ya que, mientras que -como decía Flaubert- el futuro nos tortura y el pasado nos encadena, el presente se nos escapa completamente, dejándonos “colgados” entre el ayer y el mañana. El hombre argentino se siente prisionero de una tristeza vital, insuperable y asumida, que mejor sabe expresar a través de esta “coreografía de la melancolía” que es el tango. Igual por la misma razón estaba Cioran tan enamorado del tango...”Soy un gran aficionado al tango- le confiesa Cioran a Benjamin Ivry”-es una auténtica debilidad (...). es mi debilidad por la América latina. Antaño era más profundo y más dinámico. Mi única, mi última pasión era el tango argentino.”Cioran también se declara prisionero de la dualidad que vive- dos idiomas, dos países- a la manera del poeta libanés Al-Maharri, que se proclamaba prisionero de dos cárceles: “mi casa y la poesía”. Palabras que nos llevan a otras pronunciadas por Cioran y que, de alguna manera, parafrasean a Pessoa:. Motivo de tristeza para el filósofo rumano-francés, “obligado” a renunciar a escribir en su propio idioma y a adoptar uno ajeno, en realidad, otra de tantas rupturas en su existencia... Al parecer, ni Cioran, ni tampoco Sábato le hicieron caso a Flaubert, que advertía de que hay que tener cuidado con la tristeza, porque es un vicio. ¿Viciosos los dos, tan reservados, incluso reacios al disfrute de la vida e, implícitamente, a la (son)risa?"

SABATO- 1911-2011

Extracto del dialogo con Borges -1975

..."Sabato
Yo creo seriamente en los horóscopos, cuando están hechos como es debido. Xul Solar hizo los horóscopos de mis dos hijos y durante muchísimos años me resistí a conocerlos. Siempre tuve miedo al futuro, porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte.

Borges
Cómo, ¿usted le tiene miedo a la muerte?

Sabato
La palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir.

Borges
Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo, ¿no? En Inglaterra hay una superstición popular que dice que no sabremos que hemos muerto, hasta que comprobemos que el espejo no nos refleja. Yo no veo el espejo. (La cara de Sabato adquiere una vaga tristeza. En el fondo, el sol del mediodía cruza una franja de polvo).

Sabato
Cuando murió Xul, Lita, la mujer, insistió más de una vez para que viéramos esos estudios sobre mis chicos. Yo no quise verlos nunca, pero Matilde sí. ¿Sabe que se han ido cumpliendo?

Borges (Con asombro)
¿Y cómo son? ¿Qué presagiaban?

Sabato (Con una voz íntima, casi para adentro)
Un misterioso entrecruzamiento de fortuna y desdicha. Eso, Borges, eso."

miércoles, 6 de abril de 2011

E.M. CIORAN

"La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos.
No sé como distraerlos, como atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en ese estado.
Sentirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa soledad es también física.
¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado, sin ver nada?.
Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca."

sábado, 2 de abril de 2011

Fin

Si,cual experto alquimista
mezclas muchos años vividos,
desmesuradas esperanzas,
grandes esfuerzos,
dolores espirituales,
alegrias moderadas,
temores e inseguridades,
desgastes fisicos,
necesidades insatisfechas,
decepciones varias,
arrastrados cansancios
y sobre todo
perfecta noción de
lo certero y seguro
de la finitud.
¿Cual es el resultado?
y mas importante aún
¿Con que fin?

miércoles, 23 de marzo de 2011

La parábola del hijo pródigo

Todos conocemos la famosa parábola del hijo pródigo, cristianos y no cristianos. Los que deseen refrescar su memoria, pueden encontrarla en el Nuevo Testamento, en el Evangelio según San Lucas, capítulo 15, versículos del 11 al 32.
El sentido de esta parábola, tal cómo la predica la Iglesia, se encuadra como respuesta a la crítica que los fariseos y los escribas le propinaban a Jesús por estar entre pecadores y compartir con ellos. Por ello, Cristo cita esta fábula, para resaltar la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos y su alegría ante la conversión, como así también para rechazar formalismos que apartan al creyente de la verdadera fe y misericordia.
Entonces, no debemos confundir a quien se dirige esta parábola, pues no es al hijo rebelde y, luego, arrepentido, sino al padre que espera y corre para darle la bienvenida al hogar. Esto último, ha llevado a que muchos teólogos y expertos bíblicos sostengan que el nombre de la parábola debería ser, en lugar de “El hijo prodigo”, “El padre misericordioso”.
Por su parte, el primogénito representa a los justos hijos de Dios, y, más precisamente, teniendo en cuenta el contexto en que se dio la parábola, representa a los fariseos y escribas, a quienes Jesús hablaba. De esta manera, la parábola grafica cómo los fieles también caen en el pecado, en este caso la envidia al reprocharle al padre lo que le hace a su hermano en comparación con lo que hace por él, demostrando que también en su fe y obediencia existía un móvil interesado.
Pero de todas formas, ¿quién no ha experimentado desde la primera vez que escuchó la historia, y aún aquellos que lo hicimos desde niños, una ligera sensación de injusticia, cuando observó la situación del hijo fiel? Por lo menos antes de comprender el verdadero simbolismo de los personajes y la historia…se podría decir que la mayoría.
Quizá esta sensación de injusticia que uno siente, dejando de lado el misericordioso mensaje cristiano, esté relacionado con una situación real -muy común- que se plantea en muchas familias.
Sin embargo, repito no existen en mí ánimos de cuestionar la moraleja de la parábola y su significado piadoso, despojándome de todo el sentido religioso de la misma, ya que no es mi intención llevar a cabo un juicio de valor, ni mucho menos cometer una herejía.
Llevando el caso a la praxis, me pregunto ¿hasta que punto el padre hace bien en recibir con los brazos abiertos al hijo pródigo? ¿Qué le pasó luego al hijo pródigo? amén de su arrepentimiento ¿aprendió realmente de su error? ¿Volvió a reincidir? Si volvió a reincidir ¿el padre debe volver a recibirlo con sus brazos abiertos? ¿Por qué el padre permite que el hijo actúe de modo tan irresponsable?

Son muchos los interrogantes. Y todos se destruyen con la simple y llana respuesta de que aquel que no sea capaz de acoger a su propio hijo arrepentido no merece llamarse padre.

Pero ¿es sano eso? Aunque realmente sea una actitud paternalista natural y común, verdaderamente, ¿cual es la conducta que debe seguir un padre ante un hijo pródigo?

Todo esto, sin tener en cuenta los sentimientos que inundan al primogénito.
Aunque algunos entiendan la conducta de este personaje como egoísta e hipócrita, por demostrar con su reacción que tiene el corazón tan frío como el de su hermano menor, no sólo al olvidar que su hermano menor es eso, su HERMANO; sino porque en su interior siente envidia de éste. La siente al verlo disfrutar de las cosas que él mismo reprueba. Además le resulta extraño admitir que en realidad siempre actuó con corrección por cobardía, convirtiéndose su obediencia en una carga y en una manera de eludir su falta de coraje.
Igualmente también cabe la posibilidad que las emociones del hijo mayor no sean tan oscuras.
Más allá de esto, llevado el caso a la realidad, el hijo recto sea por lo que sea, siempre se siente desvalorizado al caer en la comparación. La desgastante y destructiva comparación. Por eso siempre digo que debemos compararnos con nosotros mismos y no con los demás…
Es claro que, si justificamos a los padres siguiendo el criterio de la normalidad, podemos decir que es “normal” que los primogénitos caigan en la comparación.
No es sano que un hijo se sienta menospreciado.
No es bueno que los padres actúen como si limitaran su óptica únicamente a las debilidades de sus “hijos pródigos”.
Yo no sé si existe o no “el hijo preferido”, que en este caso toma la forma de “tendencia hacia el hijo más necesitado”, lo cierto es que el error está en demostrarlo y en hacer diferencias.
Sin embargo, muchas veces los padres reprueban a los hijos que se sienten disminuidos, siendo no sólo poco comprensivos, sino además necios al no ver que: los únicos causantes de ese recelo son ellos mismos y su exagerada sobreprotección hacia el otro.
Un buen padre no es aquel que es indispensable, sino todo lo contrario. Un buen padre debe enseñar a su hijo a ser independiente y prepararlo para que pueda seguir solo aquel día en que no esté. Porque ese día es tan impredecible como inesperado.
La sobreprotección lejos de ser constructiva es destructiva.
Es perjudicial pues el hijo no aprende a sobrevivir. Y eso es algo que todos debemos aprender.
Hay que hacer tripas corazón y soportar la caída del hijo. La cual no siempre puede significar involución, sino todo lo contrario: Crecimiento. Crecimiento que, a veces, uno debe experimentar sólo, sin estar de la mano de nadie, pues ello hará que realmente signifique crecimiento y aprendizaje. Pero si el padre levanta a su hijo, no sólo le niega la posibilidad de pararse por si mismo y aprender, sino que lo malacostumbra a la dependencia. Puede que el hijo al caer tome impulso y sorprenda con un gran salto. Como puede ser que no, pero en este caso siempre el padre puede socorrer al hijo cuando advierta que éste no puede REALMENTE solo.
De todas maneras siempre hay que darle al hijo La Oportunidad.
¡Ojo!, eso por lo que tanto luchamos como ciudadanos, también debemos luchar por ella como hijos. No olvidemos que no todo es responsabilidad del padre.
El tema es tan amplio como interesante, ya que ofrece diversas perspectivas muy controvertidas… Siempre es sano reflexionar, con las más diversas conclusiones en las mangas, las lenguas y las miradas.
En fin, creo que igualmente todos podemos llegar a un acuerdo y sostener que lo difícil no necesariamente es sinónimo de malo, y que el mejor regalo que se nos puede otorgar es el mérito y la satisfacción que te da el esfuerzo: entonces Padre, hijo pródigo y primogénito… podéis ir en paz.

Rocío María Puig

jueves, 17 de marzo de 2011

Lo que esperamos

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.

Oliverio Girondo

domingo, 6 de marzo de 2011

Soledad Pastorutti,hablando de su hijita de meses

¿Y cuáles son tus miedos como madre? ¿Cómo los manejás?
–Mi miedo a veces es tenerla demasiado en una burbuja y que el día de mañana el choque con el mundo real sea muy grande. Cuando yo nací teníamos una casa sin terminar, un auto que nunca fue cero kilómetro y toda una vida con estrecheces ,de la que no me quejo para nada, porque fui feliz y nunca me faltó nada importante. Pero ella nace con una realidad muy distinta, con una mamá famosa ,en una casa mucho más cómoda y sin problemas economicos.
Pareciera que su vida fuese perfecta. Por eso me gustaría que entendiera que todo esto se ganó con mucho sacrificio. Y que, el día de mañana, no va a poder tener cualquier cosa que pida o quiera.

lunes, 21 de febrero de 2011

LORD BYRON

Expulsado todo sentimiento,
el orgullo
que el mundo no ha logrado doblegar
se doblega ante vos;por vos abandonado,
que hasta mi alma,ahora
parece querer abandonarme.

La suerte ya esta echada;
que vanas son las palabras
y las mias,mas vanas aun si cabe
Asi los pensamientos,indomables
siguen ya su camino,aunque no quieran.

domingo, 20 de febrero de 2011

Dibujo infantil

Imposible fijar la memoria en aquel Enero de 1997.
Solo puedo recordar que ese año fue muy angustiante,Teresa,nuestra Domestica de años,se fue porque mis hijos mayores detectaron sus robos hormigas.
Por primera vez los seis hermanos quedaban solos cuidandose entre ellos.
Tuvimos que comprar nuestro lavarropas automatico(que aun nos acompaña).
Hubo una severa inspeccion tributaria,en momentos en que nuestro negocio tambaleaba,varios motores de nuestras camaras frigorificas se quemaron.
Ruben ,la persona en quien confiabamos durante muchos años,tuvo una"agachada" muy mala y por verguenza tambien se fué.
Parecía que todo se venia abajo.
En ese contexto llevé unos papeles a mi Hermana Bambina para que los guardase.
De entre ellos,tuvo la delicadeza de rescatar un dibujo de mi hijita menor,
Al cual encuadró y nos lo obsequió la pasada navidad.
Paulita,veo ahora el cuadrito,en donde nos dibujaste a todos y me embarga la emoción ,de saber que cual si fuera una foto,detuviste el tiempo,en ese lejano Enero de 1997 .
Todos estabamos juntos.
Aún no habian partido las flechas que
los llevaron a vivir sus respectivas vidas en dispersos lugares.
¡Gracias Bambina por ese rescate!

sábado, 5 de febrero de 2011

La salvación de Isidoro Blaisten

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea? -Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.
Por fin, el viejo dijo:-Ajá, ¿conque algo que lo salve?
-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.
El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador.-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente."Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista".
El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba.El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:
-Ahora, señor, si usted se diera vuelta...-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.- Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.
El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.
El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.
El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.
- Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!
El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.
Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó.
El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tu vo miedo. El viejito no la podía encontrar.
Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:
- Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría:
- Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes.
Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:
-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?
-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.
-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio.
Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber cajas de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba.
El viejo dijo:
-Ajá, já, por ai cantaba Garay. Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. "Como si estuviera sacando una muela", pensó el hombre.
-Ya está -dijo el viejo.
El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.- Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta.
El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas.
La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos:
-Ya está, ya está, ya está.
Llegó hasta donde estaba el hombre.- Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo.
Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos bien cerrados.
-¿Ya está? -preguntó el hombre.
-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.
Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. "Cuánta parsimonia", se dijo. "Evidentemente, ya está haciendo el paquete. "Y lo que el viejito le estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el mostrador.
- ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.
-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez.
Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos. Ahora le estaba poniendo el piolín.
El viejo cortó el sobrante del hilo. "Seguro que con un alicate", pensó el hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado:
-Ya está. El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete.
El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel madera verde.
"La verdad, que da gusto", pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si sacara la sortija.
Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado:
-¿Cuánto es?
- Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?
-No, no hace falta -dijo el hombre. El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto.- Está bien, señor, déjelo.- Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-. Que lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído.
El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.
El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al verlo, ni tampoco tan pesado.
El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de dúrex, y mientras pensaba: "Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito", lo atropelló el Mercedes de color verde musgo.
Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.
Se juntó un montón de gente.
Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de la obra en construcción que estaba al lado.
Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos.
El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas.
El enfermero fue a llamar a la doctora.
Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan fácil, que él ya había probado.
La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: "Es que los muertos son muy duros". Y el practicante dijo: "Sí, parecen hijos de vascos".
La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto.
La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
- Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.

domingo, 30 de enero de 2011

Ruth respondió :

1:16
"No me ruegues que te deje, y que me aparte de ti: porque donde quiera que tú fueres, iré yo; y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.
1:17
Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada: así me haga Jehová, y así me dé, que sólo la muerte hará separación entre mí y ti".

sábado, 29 de enero de 2011

Sigmund Freud- carta a Martha Bernays quien después se convertiría en su esposa-La noche del 18 de agosto de 1882, cuando contaba con 26 años de edad

“¡Oh mi querida Marty, qué pobres somos! Imagina que anunciásemos al mundo nuestro proyecto de compartir la existencia y que el mundo nos preguntara: cuál es vuestra dote? Nada, aparte de nuestro mutuo amor.¿Nada más? Se me ocurre que necesitaríamos dos o tres pequeñas habitaciones para vivir, en las que pudiésemos comer y recibir a un huésped, y una estufa donde el fuego para nuestras comidas nunca se extinguiese.¡Y la cantidad de cosas que caben en una habitación! Mesas y sillas, camas y espejos, un reloj para recordar a la feliz pareja el trascurso del tiempo, un sillón en el que soñar felizmente despierto durante media hora, alfombras para ayudar al ama de casa a mantener limpios los suelos, ropa blanca atada con bellos lazos en el armario y vestidos a la última moda, y sombreros con flores artificiales, cuadros en la pared, vasos de diario y otros para el vino, y para las fechas señaladas, platos y fuentes, una pequeña alacena por si nos viéramos súbitamente atacados por el hambre o por una visita, y un enorme manojo de llaves con ruido tintineante. Y habrá muchas cosas de las que podremos disfrutar, como los libros, y la mesa donde tú coserás, y la hogareña lámpara. Y todo debe ser mantenido en buen orden, pues en caso contrario el ama de casa, que ha dividido su corazón en pequeños pedazos, uno por cada mueble, comenzará a salirse de sus casillas. Y tal objeto atestiguará el serio trabajo sobre el que se basa la unidad del hogar, y tal otro dará testimonio del placer que nos depara la belleza, o evocará a los amigos queridos que a uno le gusta recordar, o a las ciudades que uno ha visitado, o a las horas que uno rememora con placer. Y todo este pequeño mundo de felicidad, de amigos intangibles y de concreciones de los más elevados valores humanos, pertenece todavía al futuro. Ni siquiera se han puesto los cimientos de la casa y no existen hoy sino dos pobres criaturas humanas que se quieren con delirio.

¿Hemos de permitir que nuestros anhelos se centren en cosas tan pequeñas? Sí, sin duda alguna, mientras no llame a nuestra puerta silenciosa ningún acontecimiento que rebase nuestra volición. Y por supuesto, tendremos que seguirnos diciendo el uno al otro todos los días que aún nos amamos. Cuando dos seres humanos que se quieren no encuentran ni los medios ni el tiempo preciso para decírselo respectivamente, es una tragedia. Tiene que llegar el infortunio y el desacuerdo para que se produzca una definida reafirmación de los afectos. No se debe ser tacaño con el amor, pues la porción de capital que se desembolsa va renovándose a través del gasto mismo. Si no se toca el capital durante demasiado tiempo, disminuyen imperceptiblemente los caudales o se enmohece el candado. En tal caso, el tesoro queda allí dentro, pero es inutilizable…”

martes, 18 de enero de 2011

LO SUBTERRANEO

Capas sobre capas.
Hechos
Sensaciones,vivencias,
recuerdos,emociones.
Se van superponiendo.
Las mas antiguas yacen en lo profundo .
Las nuevas en la superficie.
Pero hay grietas y fisuras que las comunican.
De pronto,asoman algunas que
desde remotos tiempos se creian olvidadas.
Rostros ansiosos.
Gestos de dolor.
Miradas angustiadas que te piden ayuda.
Muchas veces no supiste encontrar la palabra justa.
El gesto necesario.
Otras quizas si.
¿Cuanto podrias haber ayudado?
Eso no se sabe.
O mejor dicho,se intuye.
¿Y las veces que sabes que un acto
derivó consecuencias en décadas posteriores?
¿Porque lo hiciste?
¿Porque dejaste que suceda?
¿Lo volverías a hacer?
¿Lo volverías dejar hacer?
¿Supiste perdonar?
Y lo mas dificil,
¿Te sabrás perdonar?

jueves, 13 de enero de 2011

“No haber vivido en vano”

Flora tenía 87 años. Fui convocado por su familia, preocupada por su depresión, para entrevistarla en su casa. Se quejaba de fuertes dolores en sus extremidades inferiores por una insuficiencia venosa. Sus familiares decían que era hipocondríaca y que consultaba a distintos profesionales. Se había hecho una enorme cantidad de estudios, de laboratorio, radiológicos y de dinámica vascular, que apilaba junto a remedios recetados que compraba pero no tomaba. La preocupaba un aneurisma de aorta, pequeño y sin evolución, que suponía la principal amenaza para su vida.

Un día me relató un sueño: “Quería mover el brazo y me acordaba de una amiga que tuvo un accidente y no podía reaccionar y los que estaban ahí pensaban que estaba muerta, pero ella escuchaba... pero no podía hacer nada... le duró unas horas... bueh... y a mí me pasaba algo parecido en ese sueño... Lo llamaba a mi marido, o trataba de llamarlo pero tampoco podía. Después me pareció que lo llamé, pero él siguió durmiendo así que yo... sólo me imaginé que lo llamé... y después conseguí despertarme, conseguí levantarme, fui al baño a orinar... pero salir de eso fue una cosa muy fea”.

Me recibía en un pequeño estudio en el que me llamaron la atención libros, adornos, premios y otros objetos que denotaban el reconocimiento profesional por sus años de labor en una rama muy específica de las ciencias de la educación. Lo que me resultó más llamativo fue observar que esos objetos tenían una pequeña etiqueta de catálogo, al modo de un inventario. Me explicó que había etiquetado sus cosas para que, después de su muerte, se repartieran entre sus nietos como legados con destino fijo, “para que no hubiera problemas de familia”. El estudio estaba repleto de papeles y me dijo que eran sus trabajos de muchos años. Me fui enterando de que era muy respetada, y que hasta una edad muy avanzada había realizado tareas de consulta. Entonces, le pregunté: “¿Qué piensa hacer con todo esto?”. Desconcertada, me contestó que no había publicado ese material y que creía no tener tiempo para hacerlo.

Hicimos algunas entrevistas vinculares: tres hijos, cuatro nietos y un marido de su misma edad, profesional retirado hacía tiempo. Y, en lo esencial, nos dedicamos a su inhibición para tener un proyecto. De manera no prevista, esto se convirtió prácticamente en un programa familiar: ella iba a escribir su libro, con la ayuda de su marido, que manejaba la computadora.

Ella dictaba pero la ayudaron todos, sobre todo para agrupar y clasificar su material de clases y conferencias dictadas a lo largo de años. Sus nietos colaboraron con los gráficos y la menor hizo el diseño de las tapas. La publicación resultó un honor para una editorial académica, y llegado el momento se hizo su presentación en una cámara de capacitación técnica, con un público numeroso.

Flora falleció poco más de un año después; durante ese tiempo recibió saludos telefónicos y visitas, y hasta el final sus relatos espontáneos sustituyeron el tema de las preocupaciones corporales por vivencias referidas al acontecimiento. Guardamos un ejemplar de su libro con una hermosa dedicatoria.

El hombre nace receptor, y con el correr de la vida se va convirtiendo activamente en transmisor de experiencia. Para Walter Benjamin (El narrador) la narración es el instrumento humano por excelencia para la transmisión, y desde tiempos remotos la tendencia activa a transmitir la historia dio lugar a posiciones de prestigio social y familiar para los relatores, especialmente las escasas personas mayores, protagonistas y testigos vivenciales de sucesos más o menos importantes, o simplemente de extensas experiencias de vida.

A partir del siglo XX, una gerontodemografía nueva se acompaña de cambios en la valoración de las personas mayores, cuyo exceso compite con el impulso de la generación más joven. Aquéllas a crisis desidentificatorias tempranas. Divorciadas de la generación sucesora, ésta casi no escucha y declina su función receptora, por lo que el destino incierto de los legados generacionales pone en crisis el sentido de la vida, justamente en su etapa de balance final. Para la actual dinámica de cambio constante, la solidez de la experiencia pierde valor en comparación con la flexibilidad del método ensayo-error. De una a otra generación asistimos cada vez más a la obsolescencia de conocimientos trabajosamente adquiridos.

Autores como Leopoldo Salvarezza (El fantasma de la vejez, 2005) u Osmán Antonuccio (La salud mental en la tercera edad,1992) coinciden en señalar distintas formas de prejuicio descalificatorio. Sobre este trasfondo se va diseñando el problema actual, del que no pueden sustraerse siquiera los segmentos de mejor nivel social y cultural de la sociedad, con sus mayores frecuentemente desocupados o jubilados cuando todavía su rendimiento es eficaz, conducidos al sufrimiento de pasar por crisis desidentificatorias. Un ejemplo es la obligada jubilación del profesor universitario a los 65 años, tema que hace algunas décadas fue el objetivo de una lucha estudiantil para la promoción de profesores jóvenes que veían bloqueado su acceso a las cátedras.

Salvarezza acentúa el carácter prejuicioso tanto de la sociedad como de los profesionales que tratan adultos mayores, que suelen manejarse con una serie de preconceptos comunes. El autor los reúne con el término de “viejismo” y los relaciona en general con los cambios culturales propios de nuestra época, atribuyendo al actual imaginario social un carácter descalificatorio que contrasta con el respeto que en otra época despertaban los ancianos. En este sentido, María J. Oddone (“La vejez en la educación básica argentina”, en El fantasma de la vejez, comp. de L. Salvarezza, 2005), que realizó un estudio minucioso sobre la imagen de la vejez en la educación básica argentina, tomando el material de libros de lectura en casi 100 años, demostró que la presencia respetuosa de textos sobre ancianos bajó de un 66 por ciento en 1880, época de homenaje a veteranos de guerra, a una ausencia casi total en 1997. Al cruzar estos datos con las cifras de Nélida Redondo (“Impacto social del envejecimiento: radiografía de una población”. En: Encrucijadas UBA. Revista de la Universidad de Buenos Aires, 2001), se puede señalar que la presencia de los ancianos en las lecturas de las escuelas públicas declina y claudica a medida que aumenta el envejecimiento demográfico.

Botella al mar

El plus de memoria de la especie humana debe traspasarse activamente a través de un lenguaje. Lo que convierte a esta acción en un acto esencialmente humano no es su contenido, siempre variable, sino la presencia radical del hecho, como puente estructural de la relación entre generaciones. Y tal como lo plantea también Pierre Legendre (El inestimable objeto de la transmisión, 1996), no importa tanto aquí diferenciar los contenidos del mensaje generacional como el hecho general de encontrarnos siempre con un mensaje. Lo que destacamos es la redundancia del hecho humano de transmitir siempre algo, o instruir, o por lo menos intentarlo activamente, hasta con independencia de las condiciones de una recepción que puede ser fallida. El contenido de la transmisión generacional será un legado, que en su esencia sirve al transporte de la historia y a la ilusión de supervivencia. El empuje insiste, quizás hasta el final de la vida, y busca su descarga en un objeto sucesor, que puede ser familiar, adoptivo, discipular, o institucional, y el variable contenido de la transmisión generacional se incluye en el concepto denominado legado, con conmutaciones infinitas. Se transmiten bienes, la “fortuna”, el poder presidencial, los rituales y las ceremonias, y sobre todo la historia.

En el análisis de personas mayores, intentamos circunscribir el término transmisión a una función psíquica activa destinada a generar una perduración. Es un acto que tiende a controlar el tiempo extendiendo la memoria de los otros a través de los legados, personales y colectivos. Se trata de un sujeto que dice yo estuve aquí, dejo un hijo, un árbol, un libro. Deja una señal humana de estadía, que puede ser para una posteridad desconocida, como la botella arrojada al mar, o el banderín en la cumbre de la montaña.

Así, en un grupo terapéutico, una persona próxima a una mudanza de su casa expresaba su angustia porque no podía llevarse sus libros y no encontraba ni personas ni instituciones interesadas en la donación de su biblioteca. Se preguntaba: ¿A dónde irán a parar mis libros? En su dolor pedía ayuda para imaginar un destino para su memoria, la negativa le implicaba una “amputación” diacrónica. Pero: ¿Qué pasaba con los suyos? ¿Ni hijos ni nietos?

En nuestra hipótesis, la serenidad de la vejez se relaciona con esta posibilidad de procesamiento de la transmisión, meta que en la realidad de la vida, por obstáculos diversos, puede no realizarse. La prolongación de la vida y la declinación funcional contribuyen muchas veces a que el anciano insista en una transmisión estereotipada, y la patogenización de lo que debería ser sólo una crisis de la vida se relaciona con la gran dificultad para procesar este impulso a transferir la historia. La angustia de castración toma así una nueva forma, como temor fantasmático a quedar fuera de la memoria de la especie.

Legar es testar, testimoniar y relatar. La propuesta es considerar en la crisis de la vejez el impulso insistente a la producción del sucesor con la misión de preservar la cultura, interpretando el doloroso efecto de tarea inconclusa relacionado con una transmisión frustrada.

El proceso es activo e implica la narración, ésta está inscripta en el discurso, pero también en los objetos familiares, las fotografías, las viejas cartas, los importantes o humildes blasones de un antepasado heroico. Y también en el dinero, en las propiedades y en el contenido histórico de los patrimonios testamentarios y culturales. Todo legado sostiene una historia, implícita o explícita, como contenido y como acto narrativo.

Atendiendo a la función de cronista del adulto mayor, proponemos ayudarlo a aceptar que aunque el sucesor no podrá ser su doble ni transportar toda su transmisión, siempre llevará inscripta alguna marca, alguna señal de su discurso. El pide garantías de ser reconocido como enunciante para un conjunto social que muchas veces no lo puede escuchar, activando la angustia de castración como un doloroso sentimiento de intrascendencia o vida inconclusa.

Es cierto que ningún enunciado podrá transportar la totalidad de los emblemas identificatorios. Aceptados los límites de la transmisión y la renuncia a una omnipotencia enunciativa, el discurso se presentará en fragmentos que darán cuenta de una selección de lo posible. Pero aun así el conjunto demostrará al viejo que no puede absorber todo lo que él seleccionó: algo de su discurso va a ser suprimido, creando una de las condiciones que Baranger, Goldstein y Zak de Goldstein describieron. En la trama de las tradiciones y las historias (mal) contadas existe un plus de entropía, de pérdida. El duelo por las identificaciones perdidas puede elaborarse para evitar una anestesia afectiva paralizante y descubrir los signos de su continuidad en sus sucesores, en sus discursos y en sus proyectos, hasta recobrar el sentido de no haber vivido en vano.
Como lo escribió Freud en carta a Marie Bonaparte, el deseo de tener “un lugar en un amistoso recuerdo”: es un soporte para una ilusión, para imaginar una presencia futura en una memoria: la ilusión de un recuerdo futuro como contención frente a la angustia existencial por la transitoriedad de la vida.
Por Osvaldo Bodni
* Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), Departamento de Adultos Mayores. Texto extractado del trabajo “La existencia doble y la clínica del legado”, que obtuvo el primer premio 2010 de la Federación Psicoanalítica de América Latina (Fepal).