martes, 12 de julio de 2011

Facundo Cabral

...."Un tipo que a los setenta años no tiene solucionado lo económico es bastante estúpido. Estoy becado. Subo al escenario y me dan un café, dulce de leche, spaghettis, una botella de vino, un hotel, un avión. Vivo fenómeno. Pero mi salud es más que endeble, aunque soy de la clase de gente que no se queja. Me parece una vulgaridad quejarse. Para mí la muerte nunca fue un tema serio. Más bien es excitante la idea de la gran hembra, la muerte. Yo me imagino que el paso final debe ser como el silencio en el teatro, antes de que se encienda la luz. El paso al otro lado debe ser así. Ese silencio.”.....

Aunque todos nos parecemos, nadie duda de que cada ser humano es único. Pero hay algunos que no se parecen a nadie. Facundo Cabral fue uno de ellos. No pretendía ser inteligente y lo era. No ostentaba ilustración pero era un hombre cultísimo. Tenía todas las razones para estar resentido con la vida y no lo estaba. Andaba por lo alto de la consideración de todo un pueblo, pero a él le gustaba volar bajito.
Si uno quería charlar con él, más bien escucharlo, tenía que estar dispuesto a bajar un cambio. Sus frases parecían arbitrarias, a veces surrealistas, y ocurría que al cabo de unos instantes cobraban un sentido cuya contundencia era irrefutable. Tenía la costumbre de rumiar cada palabra y les daba en su boca un tiempo de maduración. Es claro, nadie puede rondar el misticismo o la filosofía hablando a borbotones.
Conoció la dureza de una infancia complicada, con un padre ausente que conoció a los 46 años. Fue analfabeto hasta los 14. Trabajó duro en el campo, aunque nunca se sintió gaucho. Creía en la trascendencia tal vez por la influencia de su madre que se atrevió a decirle a Borges que no podía ser agnóstico. “Están los que creen y los que creen que no creen”, decía Facundo al hablar de Dios.
Su increíble hallazgo fue descubrir y hacer suya la certeza de que la vida alcanza para que un hombre sea rico. Una y otra vez hablaba de que la gente no está deprimida, está distraída. “Tenemos un corazón, un cerebro, ¿qué más necesita el hombre para sentir el deleite de lo que lo rodea?” Esa convicción lo llevó a viajar mucho. Es más, decía que no era un cantante, que apenas era un caminante que se atrevía a cantar.
Su prédica pacifista llevó a la Unesco a nombrarlo Mensajero Mundial de la Paz, distinción que puso muy contento a Facundo y a todos aquellos que conociéndolo muy de cerca sabían que era más que merecido. Hoy las redes sociales, las radios y canales de televisión, los diarios y muchos sitios en Internet multiplicaron su palabra, su mensaje a través de la música. Es curioso ver cómo una voz se multiplica ad infinitum después de que su dueño muere. Su palabra repetía el mismo concepto: el valor de la paz y la amenaza de la ambición.
Muchos podrán encontrar un contrasentido al hecho de que un pacifista muera a manos de los violentos. Con ayuda de la imaginería podríamos concluir en que el mismo Facundo se asombraría de esta ecuación. “Si un violento se pusiera a reflexionar sobre la impertinencia de matar a un pacifista no deberíamos llamarlo violento”, puede que acotara.
Quiero también imaginar la imposible reflexión de su propia muerte. Una y otra vez dijo que su vida había sido plena y dichosa. Que había conocido gente extraordinaria. Que tuvo la suerte que es reacia a la mayoría. Supongo que diría que se va de este mundo a aquel otro en el que vigorosamente creía sin pasar factura grande ni chica.
También me arrogo la petulancia de imaginar qué hubiera dicho en torno a su muerte a manos de asesinos. Lo imagino solidarizándose con el pueblo guatemalteco, lamentándose por los grupos violentos que lo acosan y por lo abrumados que hoy se sienten por lo que pasó. Así era Facundo Cabral, y recordándolo de esta manera, creo que haremos justicia a su prédica y enseñanzas.
Debemos asimilar este golpe transformándolo en una interpelación a nuestras conciencias. Para que reflexionemos sobre las miserias humanas y sobre la codicia que nos aniquila. Para que sepamos que “no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita”, como le gustaba repetir a Facundo tanto como citaba a San Agustín: “Sólo pide justicia, pero sería mejor que no pidieras nada.
Juan Carlos D’Amico