jueves, 25 de agosto de 2011

AQUELLOS VIEJOS SABIOS por Por Enrique Rozitchner

Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) escribió, ya en su madurez, el diálogo Catón el mayor o sobre la vejez. En él señala que todos los seres humanos quieren llegar a viejos, pero todos se quejan de haber llegado. Cicerón dice que muchos que han alcanzado la vejez le hacen reproches a ésta, se lamentan de haberla alcanzado, y que esto no sería más que una gran necedad. La actitud de reproche a la vejez se basaría en la imposibilidad de comprender las características propias de cada etapa de la vida. Renegar de la vejez significa renegar de la naturaleza y de la vida misma. Cicerón sugiere valorar cada etapa en función de ella misma y no con relación a otro momento vital: cada una de ellas tendría lo suyo y de nada sirve reclamarle lo que no puede ofrecer. Desde el punto de vista psicológico, el pensamiento de Cicerón respecto de la vejez es totalmente compatible con los ciclos vitales que propone Eric Erickson (El ciclo vital completado, ed. Paidós), si bien se define más bien como una ética o una subjetivación. En definitiva, se trata de aceptar el final de la vida, como acto último.

El Catón formula una preparación para la vejez, pero no en tanto resignación ante las pérdidas, sino como un estadio más bien grávido de existencia. La pérdida de placer que se le achaca a la vejez no es propiedad de ésta: si así fuera, todos los mayores se lamentarían, pero muchos no se quejan, no pierden esa capacidad. La responsabilidad no es de la vejez, sino de una vida mal vivida, o de ciertas costumbres que no pueden sostenerse en el envejecimiento. Cicerón introduce en esto el tema de las virtudes: quien ha trabajado suficientemente consigo mismo no cae en esa posición de lamento inconsolable al envejecer. Falsas creencias o prejuicios disimulan una vida vivida sin virtud.

Cicerón relativiza que la edad pueda ser problema, en comparación con el énfasis puesto en la subjetivación ética y el cultivo de las virtudes a lo largo de los distintos momentos de la vida: la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de buenas acciones realizadas son, para él, elementos de máxima importancia en la vejez. Se desprende de esto que una vida mal vivida posee más riegos de finalizar de forma depresiva.

Cicerón valoriza la experiencia anímica de los que han vivido muchos años, y aquí se marca un contraste entre la cultura del Catón y el mundo actual. Para Cicerón, los mayores también tienen asuntos sociales y políticos que atender y lo hacen de manera diferente que los jóvenes; acciones importantes que no requieren celeridad, sino prudencia y reflexión, funciones que suelen desarrollarse con el envejecimiento. El lugar común de la vejez débil o dulce contrasta con esos hombres cargados de años y poderosos que toman decisiones enérgicas y temibles, como declarar una guerra.

La capacidad intelectual de muchos adultos mayores es superior a la de muchos jóvenes. Cicerón explica que la pérdida de la memoria en el envejecimiento se evita ejercitándola, y el ejemplo al que recurre parece una ironía: conviene leer epitafios, lo cual, además de ejercitar la memoria, renueva el recuerdo de los muertos. El epitafio representa también la rememoración de personalidades y acontecimientos significativos, una memoria social y cultural. En realidad, ni el viejo ni nadie recuerdan cosas que no despierten algún interés. Quizás el cuidado de la memoria responde más a esa práctica selectiva de la historia afectiva de cada uno. Cicerón remarca la diferencia entre simple recuerdo y reminiscencia, entendida ésta como recuerdo cargado de afecto y significación, que hace a la integridad del sujeto. En los adultos mayores la memoria tiene características reminiscentes, antes que la acumulación de información que sería más propia del joven.

Cicerón señala el riesgo que conlleva considerar incapaz al adulto mayor, un problema antiguo y muy vigente. Cicerón relata el caso de Sófocles, quien en su ancianidad fue acusado de incapaz por su hijos porque, descuidando su fortuna, se dedicaba a escribir tragedias; llevado a juicio para que se lo apartara de la administración de sus bienes, recitó ante los jueces Edipo en Colona, preguntó si esa obra parecía escrita por un incompetente y los jueces le dieron la razón. Cicerón dice también que, en otros niveles sociales y económicos, los adultos mayores trabajan con ahínco en cosas que personalmente no los favorecen como donación a las generaciones venideras: el viejo agricultor siembra para los descendientes como un compromiso cultural y social, un cuidado del mundo.

La desculpabilización y la desmitificación de la vejez organizan el Catón. Muchas veces hacemos de la vejez el chivo emisario de una serie innumerable de reproches que, en el fondo, están dirigidos a la vida. La mayoría de los problemas de la senectud, su imagen caricaturesca como indolente y adormecida, no serían más que sus defectos, del mismo modo que la soberbia y la lujuria lo serían de la juventud.

El Catón valoriza la reunión de amigos y las charlas bajo la modalidad romana del banquete, que era la expresión máxima de la voluptuosidad; Cicerón destaca en él el convivium, la comunidad de vida. Es posible disfrutar de banquetes prolongados, no sólo con los coetáneos, sino con las generaciones más jóvenes. El placer está más puesto en la conversación que en la bebida o los manjares, sin que eso signifique que la vejez carezca de sensibilidad a estos placeres u otros lujuriosos. La capacidad sublimatoria de disfrute en el convivium señala los placeres del animus, de la psiquis, como un modo de evitar el aislamiento.

Pero es el prestigio, la auctoritas, como dice Cicerón, la corona de la vejez; especialmente cuando recibe honores, tiene más valor que todos los placeres de la juventud. El prestigio, reconocido por todos, incluso trasciende la muerte. La auctoritas se parece a un narcisismo sostenido a través del reconocimiento comunitario, pero se construye, según el Catón, desde la adolescencia, a lo largo de una trayectoria de vida. No todas las ciudades de la antigüedad honraban la auctoritas de la vejez: Cicerón consigna que Esparta era la mejor residencia, mientras que en Atenas sucedía que, si un viejo entraba al teatro, nadie le cedía el asiento, en un acto adrede de injusticia. La auctoritas se confirma desde la cultura, desde el reconocimiento grupal, desde el lugar que la comunidad le hace a la vejez. En rigor, la noción de este último alimento narcisista revierte la base naturalista del placer, ya que está en el límite de la dependencia del otro, del poder que el otro otorga.

En la actualidad, la demanda de ese placer máximo por parte de los adultos mayores choca con una sociedad que no se refleja históricamente en ellos; se transforman en desechos culturales, dejados a la vera del camino del incremento de la velocidad tecnológica. Como producto de los avances tecnológicos, llegar a viejo se ha convertido en una posibilidad masiva, pero se ha disuelto el sentido que tenía, en la antigüedad, como último acto. La longevidad ha reemplazado a la vejez.

La cercanía de la muerte, por otro lado, figura entre las condiciones que hacen desafortunado el proceso de envejecimiento, pero Cicerón (como todos los estoicos) piensa que la muerte debe ser despreciada o resultar indiferente, tanto si se extingue el animus o no, pues en este último caso debería desearse; para Cicerón, no hay otra posición posible con relación a la muerte aparte del desprecio, la indiferencia o el deseo de ella. En la muerte, según Cicerón, no hay nada que temer, ya que o bien en ella finaliza el ser o bien mora la felicidad. De todas maneras, la inminencia de la muerte comprende a todo ser humano vivo y no sólo a los que han envejecido; la muerte es común a toda edad, con la diferencia de que el joven espera vivir muchos años, mientras que el anciano no. Cicerón afirma que el adulto mayor está en mejor situación que el joven porque ha conseguido lo que aquél espera. En realidad, en tanto el fin existe, nada puede tenerse como demasiado duradero. Uno debe contentarse con el tiempo que le ha sido dado para vivir, pero no como un a priori, sino como aceptación de la finitud de la vida. Este tiempo particular y subjetivo (como el del inconsciente) no tolera la cuantificación cronológica que finaliza con la muerte. El desprecio estoico de ésta se debe a que el valor máximo se pone en la vida. De este modo, la vejez no se transforma en la espera de la muerte; Cicerón no habla de una preparación para morir. Estas posiciones con relación a la muerte, despreciarla o desearla, son sacrílegas en una cultura cristiana como la nuestra, pero el estoicismo pagano convierte a la muerte en una clave de la vida; desear la muerte expresa el máximo de la autonomía del sujeto, la resolución deseada del último acto, ya sin mitología o narrativas infantiles.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Epitafio por Marta Dillon


El sábado pasado comenzaron los ritos para el entierro de mi madre. Fue un inicio fuera del guión de las exequias, pero cualquier guión se disloca cuando las exequias se postergan 35 años. “¿Quién hizo la reducción?”, preguntó, por ejemplo, el empleado del cementerio donde finalmente será inhumada. “El tiempo”, contestamos casi a coro mi hija y yo frente a su mirada atónita mientras mi prima, que nos acompañaba, emitía una breve carcajada. El hombre insistió: “¿Qué cochería la trae?”, “ninguna, vendrá en su urna, montada en un camión y esperamos que acompañada por música y banderas”. No tiene caso describir el resto de la conversación, tal vez lo más destacable sea la insistencia del empleado en que nosotras no podíamos transportar restos, que para eso necesitábamos un pase, un documento. Los huesos de mi madre, también desde la burocracia del Estado, exigen una identidad, un documento. Otras conversaciones como ésta se fueron dando en la semana. Mientras escribo mi hija me llama y me cuenta que había habido una discusión en su trabajo sobre la pertinencia de la música en el entierro, no era una fiesta, decía, justamente, el encargado de poner música. Sí, también podría ser una fiesta, decía ella, al fin y al cabo recuperamos esos huesos amados para rodearlos del amor y el honor que no tuvo cuando fue enterrada como NN en un cementerio de la provincia de Buenos Aires, exhumada y vuelta a inhumar sin más ritos que una bolsa negra con un número asignado en la que se mezclaron los huesos de quienes habían encontrado la misma muerte clandestina. “¿Qué somos, Marta, hermanas de muerte?”, me preguntó hace unos días Clarita Bacchini casi al mismo tiempo en que se desdecía para inventar otros vínculos: “¿Hermanas de final? ¿Hermanas de la vida?” La vida y la muerte, pienso para mí, se cosen con el mismo hilo infinito de amores, dolores y lucha; que esa nunca falta, siempre a brazo partido. El padre de Clarita recibió la misma ráfaga que mi madre. El había sido cura católico, su hija es pastora metodista, ella supo que una de las últimas palabras de consuelo que su padre eligió para otros desaparecidos fueron un himno metodista.

No importaba el guión, entonces, cuando nos reunimos el sábado a preparar la nave en la que mi madre emprenderá su último viaje, esta vez sí, definitivo. Fue ella misma la que inspiró el acto. Desde que fue identificada, desde que se convirtió en una aparecida, mi camino está empedrado por la necesidad de devolverle carnadura a sus huesos. Para una niña de diez años mamá es un montón de palabras sueltas, un olor que emanaba su escote –tal vez fuera una mezcla de transpiración e Intimate, de Revlon, que tanto le gustaba–, la seguridad de su abrazo, la incertidumbre frente a preguntas imposibles como aquellas que buscaban mi acuerdo para sus decisiones aunque incluyeran una palabra que sólo en la superficie sabía qué significaba: riesgo. Para la mujer que soy, mamá empezó de pronto a ser una incógnita. ¿Sería tan audaz como la recordaba? ¿Tan sensual como la percibía?, ¿valiente y aguerrida como una amazona? Dónde trabajó, de quién se enamoró, de qué hablaba con sus amigas. La maestra y abogada se reveló también una artesana, una buscavidas que enhebraba collares o pintaba sobre tela para que estar sola y con cuatro hijos no se convirtiera en una restricción; una mujer que era capaz de invitar a un batallón a comer al puerto de Mar del Plata para después hacernos huir a todos sin pagar –ella era la última en salir, claro–, con tal de no perder sus placeres burgueses.

No podía dejarla ir en una urna funeraria, así que mis amigas y yo nos reunimos, cada cual trajo su ofrenda y su arte, para que eso que llaman su “última morada” sea lo más parecido a lo que ahora creo, le hubiera gustado. Y el aquelarre se produjo el último sábado. Entre las doce que estábamos encontramos una maestra de ceremonias, Alejandra, que además de amasar las pizzas supo dibujar en acrílico cada uno de nuestros deseos. Pintó una Evita Montonera sobre uno de los laterales de la caja que había mandado a hacer mi esposa Albertina, mientras Josefina nos explicaba a todas la paradoja de esa imagen convertida en icono, a Eva no le gustaba pero la juventud de los setenta necesitaba su ninfa en época en que las mujeres lo desafiaban casi todo para salir sobre sus plataformas junto a sus compañeros y por ellas mismas, cumpliendo con el codo a codo del poema aunque también cargando con los hijos que siempre terminaban siendo su responsabilidad. Raquel hizo lo que sabe hacer, bajarnos a tierra: escribió la palabra “mamá” y pegó, uno a uno, pedacitos de piedra verde para darle relieve. Lucila, en cambio, quiso hacer algo “orgánico” en el sector que tomó por asalto y que se convirtió en un mar con un cielo rojo como el que soñaron nuestros padres y madres. Si nos poníamos a hacer cuentas, teníamos sobre la mesa tantos muertos susurrándonos al oído como risas estridentes llegando al cielo. No fue casualidad, por supuesto, que fuéramos tantas Hijas –con esa mayúscula que le da un sentido unívoco al término– en esa noche; como tampoco era casualidad que no fuéramos sólo Hijas. Este entierro es nuestra historia común, lo sabíamos todas, lo sabemos todas y por eso la caja, la urna se fue hamacando en nuestras manos mientras la conversación iba del amor a la banalidad, de los hijos a las muertes. Albertina contó cómo le había explicado esa misma mañana a nuestra nieta de cuatro para qué era esa caja, cómo ella lo entendió sin más y hasta fue capaz de decirle a nuestro hijo de dos que insistía con meterse dentro, “¿estás loco?, ¿te crees que sos un huesito?”. A lo largo de la noche salieron otras fotos de nuestra vida en común: nos veíamos tan jóvenes en algunas, tan flacas en otras, tan dispuestas a la aventura siempre, que algo más que la urna de mi madre, era evidente, estábamos también fraguando en esa complicidad de risas, anécdotas, bebidas y trabajo compartido.

La muerte, siempre, sella su contraste sobre lo que se acaba. Quedará lo que fuimos, lo que dimos, ese perfume de magnolia que permanece en quienes amamos. Vaya a saber cuántos nombres se estuvieron velando el último sábado aunque fuera el de mi madre el que escribimos sobre la urna. Su historia, la de mi mamá, fue breve. Más que la de cualquiera de las que compartimos esa noche. Su presencia, sin embargo, ese perfume que como un rastro se puede seguir de quienes amaron y fueron amados, de quienes eligieron el arrebato de una idea poderosa pero tangible por sí mismos y por los otros, ha sido capaz de desafiar al tiempo. Algo de eso se hizo presente mientras las manos amigas le daban vida al último refugio de la muerte.

Tengo miedo ahora de despedirme. Me asomo al duelo, esa posibilidad que se celebra cada vez que se identifica a un desaparecido, a una desaparecida, con el temblor de quien no sabe exactamente lo que vendrá después. Siempre habrá algo que seguir buscando, pienso. O tal vez no. Tal vez todo lo que busco está en esta historia compartida entre la vida y la muerte; entre la historia de nuestros padres y madres y la que supimos hacer con nuestras propias manos, algo parecido a esa caja llena de colores que como un alhajero guardará lo más preciado, aquello largamente buscado.

A última hora, cuando intento cerrar estas líneas de las que dudo porque se parecen tan poco al epitafio que quería escribir, escucho la respiración de mi hijo menor muy cerca. Lo digo y me doy cuenta que no hay biografía que no se escriba sobre el propio cuerpo. Perdón, mamá, entonces si me voy por las ramas y la vida se impone sobre tus huesos. Pero algo de esto también te debo. Como se los debo a cada uno y cada una de los que hicieron posible haberte encontrado. Si la muerte sella su contraste no es contra tu corta vida sino con el largo triunfo que significa para tantos y tantas saber que estamos vivos, que podemos llevarte andando, que hay algo que hicimos juntos y que ese algo, muchas veces, como ésta, se parece a la victoria.