sábado, 22 de diciembre de 2012
OSO
Domingo 23 de Diciembre, silencio en la casa ,previo a la bulliciosa reunión en la que mañana estaremos todos , despues de mucho tiempo,hijos,nietos. hermanos .Es la,0.25 hs, por Venice Classic Radio (http://www.veniceclassicradio.eu/player/index.html) suenan los acordes de los Walzes a cuatro manos para pianoforte de Brahams, los que me producen una angustiosa nostalgia , de lo que no se definir si es perteneciente a lo que no fue, o a lo que no será , y no sé con precision, si evoca la ausencia de aquellos que no estan , o que nunca estuvieron, o a la presencia de aquellos, que inexorablemente ya no estaremos .Es fascinante ver como esos genios sabían pulsar las cuerdas mas recónditas del alma humana. Este año , el fiel Oso es uno de los que no está,ya no temerá mas al ruido de los cohetes en las fiestas, ni a los truenos en las tormentas,ya descansa, en el jardín, en el que transcurrió toda su vida, y en el que ahora transcurre su callada pero presente muerte. Noble compañero, que me sigues acompañando a traves de la ventana, antes materia,ahora energia,sin saber como, esta callada noche, te asocié a esta música sublime...
sábado, 27 de octubre de 2012
Joaquín Areta
Quisiera que me recuerden
sin llorar ni lamentarse.
Quisiera que me recuerden
por haber hecho caminos
por haber marcado un rumbo
porque emocioné su alma
porque se sintieron queridos
protegidos y ayudados
porque nunca los dejé solos
porque interpreté sus ansias
porque canalicé su amor.
Quisiera que me recuerden
junto a la risa de los felices
la seguridad de los justos
el sufrimiento de los humildes.
Quisiera que me recuerden
con piedad por mis errores
con comprensión por mis debilidades
con cariño por mis virtudes.
Si no es así, prefiero el olvido
que será el más duro castigo
por no cumplir con mi deber de hombre.
sin llorar ni lamentarse.
Quisiera que me recuerden
por haber hecho caminos
por haber marcado un rumbo
porque emocioné su alma
porque se sintieron queridos
protegidos y ayudados
porque nunca los dejé solos
porque interpreté sus ansias
porque canalicé su amor.
Quisiera que me recuerden
junto a la risa de los felices
la seguridad de los justos
el sufrimiento de los humildes.
Quisiera que me recuerden
con piedad por mis errores
con comprensión por mis debilidades
con cariño por mis virtudes.
Si no es así, prefiero el olvido
que será el más duro castigo
por no cumplir con mi deber de hombre.
martes, 21 de agosto de 2012
CAMA
En su momento (década de 1960), era considerada moderniza, con aquellas
caras acolchadas de madera lustrada, esa luces de tubos fluorescentes muy
blanca e indirecta, detrás del respaldar. Allí dormían mis padres y en ella no
fueron concebidos ninguno de sus hijos, porque llegó después del nacimiento de
Bambina, la menor de mis hermanas, y en donde no murieron ninguno de ellos, por
causales diferente.
Pero tenía reservado un gran destino.
Fue un obsequio de mi madre, muy bien recibido, en aquellos principios de estrecheces económicas.
Uno a uno, y en tres domicilios distintos, donde nos mudamos en el lapso de los tres primeros años de matrimonio, fueron gestados (de no mediar alguna mentirilla conyugal) 4 maschios y 2 femminas.
Ya van hacer 40 años, y allí sigue firme, recibiendo diariamente a nuestros veteranos y achacosos cuerpos.
Es un poderoso imán para hijos y nietos, las siestas de los domingos .Y cada vez que alguno llega de algún viaje largo, o con algún cuadro febril, buscan instintivamente ese cocoon protector.
¿Que tendrá esa vieja cama matrimonial, que después de más de 50 años sigue siendo uno de los ejes reparadores de este hogar?
Pero tenía reservado un gran destino.
Fue un obsequio de mi madre, muy bien recibido, en aquellos principios de estrecheces económicas.
Uno a uno, y en tres domicilios distintos, donde nos mudamos en el lapso de los tres primeros años de matrimonio, fueron gestados (de no mediar alguna mentirilla conyugal) 4 maschios y 2 femminas.
Ya van hacer 40 años, y allí sigue firme, recibiendo diariamente a nuestros veteranos y achacosos cuerpos.
Es un poderoso imán para hijos y nietos, las siestas de los domingos .Y cada vez que alguno llega de algún viaje largo, o con algún cuadro febril, buscan instintivamente ese cocoon protector.
¿Que tendrá esa vieja cama matrimonial, que después de más de 50 años sigue siendo uno de los ejes reparadores de este hogar?
sábado, 18 de agosto de 2012
JAZMIN
Entre los años 1979 y 1982 -imposible poder dar mas precisiones-Pilar(Amelia) salió
a hacer algún olvidado recado domestico.
Nunca imaginó la trascendencia de ese sencillo hecho.
En algún lugar, de alguna buena vecina, hubo de hacerse con
un gajito vegetal.
Amorosamente lo plantó, cuidó y “prendió”, así dio inicio a esta simple historia sin fin.
A principios de
febrero de 1984, Pilar tuvo un sueño premonitorio, nos dijo, ante nuestro
absoluto escepticismo abonado por los cuatro antecedentes anteriores "
pronto va a nacer una florcita rubia de
ojos claros".
Y así fue, que unos pocos días después, antes de partir, nos dejó ese
otro regalo, en aquellas épocas
sin ecografías, donde había que saber esperar para saber lo que te
deparaba el destino.
Y vino otra pequeña Pilar
(María), tan inteligente, bondadosa y sensible como la que se fue. Con el
transcurrir de los años fue mostrando un rasgo diferencial bien notable con su antecesora,
su terquedad, a toda prueba, aparentemente derivada de un gen vasco, proveniente del abuelo materno, del que la
anterior carecía.
Mientras tanto, aquel gajito vegetal fue, creciendo y creciendo, se hizo un
árbol, que todos los años, a fines de octubre y hasta llegar al 2 de noviembre,
cual un tributo imperecedero a la
memoria de aquella primigenia Pili, se llena de esas blancas y
perfumadas flores, envidia de todo el barrio.
La familia se fue expandiendo, en el tiempo y en el
espacio y hoy, 17 de agosto de 2012,enfrascado en alguna reparadora lectura, me entero,
teléfono y ecografia mediante, que a miles de kilómetros se esta gestando otra Jazmín,
que llegará a su plenitud, en pocos meses.
La trae Pili "la
florcita rubia, de ojos claros”, pero en este caso, a diferencia con aquel
ignoto gajito, si sabe el origen, es de un
jardinero afincado en Londres, llamado Juan Pablo,quien para mas datos nació un 4 de agosto ¡oh causalidad! ¡El mismo dia que Pilar Amelia!
Carl Jung, aquel de
las sincronicidades y las coincidencias,
nos regaló esta frase, que viene al cuento:
"El pequeño
mundo de la niñez con su entorno familiar es un modelo en miniatura del mundo. Cuanto
más intensamente le forma el carácter la familia, el niño se adaptará mejor al
mundo real."
Entre tanto, de aquel viejo arbolito, salieron múltiples gajitos,
pedidos por vecinos, amigos y familiares
que hoy estarán en otras casas y en otras
familias.
Ojalá sean sus
destinos sean similares al de aquellas Pilares y estos jazmines.
domingo, 6 de mayo de 2012
Cigota
"Podríamos decir (y durante mucho tiempo lo dijimos) que la vida es el largo y doloroso espectáculo de la muerte de nuestros sueños. Y al decirlo nos creímos sabios, profundos. Con esa sabiduría que dan los caminos recorridos, los baches, los abismos, las heridas fatales de nuestras mejores esperanzas. Sartre (quién si no) solía decir: Como todo soñador confundí mi desencanto con la verdad. Pero al decirlo ya nos estaba diciendo que no era así. Porque alguien que larga esa frase sabe que no era cierta. Esa frase expresa la verdad contraria: Como todo soñador confundí mi desencanto con la verdad, pero no era así, no era la verdad, era –en todo caso– la que mi desencanto me entregaba, pero bastará con encantarme otra vez para que otra verdad aparezca. La vida, el amor, la política, la historia son eso: una ligazón profunda con algo que nos trasciende. Desde muy pibe, cuando estaba metido a fondo con las cuestiones religiosas de la tragedia, aprendí que religión viene de re-ligare. Y que re-ligare es ligarse hondamente con la totalidad de lo real, con la vida. El que ama la vida no la desperdicia. La tiene para él y también para los demás. Somos el Otro. Nos vemos y nos descubrimos en el Otro y él en nosotros. Podemos descubrir todos los matices de la experiencia humana: desde el odio hasta el amor. Pero si descubrimos el compartir, el estar juntos, el creer en algo que nos envuelve, una meta, un proyecto, entonces nos lanzaremos hacia el futuro y el presente se volverá imprescindible. El presente se construye porque lo vemos desde el futuro. Si no tuviéramos una percepción de un futuro posible y mejor estaríamos condenados a la inacción...."José Pablo Feinmann
sábado, 10 de marzo de 2012
Dos frases encontradas
"En la profundidad del invierno finalmente aprendí que había dentro de mí un verano invencible." - Albert Camus
"El verdadero significado de la vida es plantar árboles, debajo de cuya sombra uno no espera sentarse.” — Nelson Henderson
"El verdadero significado de la vida es plantar árboles, debajo de cuya sombra uno no espera sentarse.” — Nelson Henderson
domingo, 4 de marzo de 2012
miércoles, 18 de enero de 2012
Desgaste Por Noé Jitrik
Toda existencia, animal, humana, vegetal y aun elemental (agua, fuego, tierra, aire) tiene un comienzo, un transcurso y un fin. Para el comienzo hay explicaciones bastante precisas y un sentimiento acompañante, de alegría y/o de temor, cuando emerge la cabeza del niño del hinchado vientre materno como cuando brota un pimpollo o cuando la lluvia alimenta los ríos o una chispa inicia un incendio. El transcurso de lo que crece es el fundamento de la sociedad, en cualquiera de sus manifestaciones, y eso da lugar a acciones y pasiones, a creencias y a creaciones, la palabra o el fruto y, correlativamente, la ilusión de eternidad escoltada por la amenaza del cese, de la discontinuidad. El fin, que clausura, reinicia el ciclo pero en otro lugar, la materia no se pierde, se transforma: eso que fue potencia se convierte en resto, las células que animaban los cuerpos se desagregan y sus elementos dan lugar a fertilizaciones secretas que, acaso, sean el punto de partida de nuevos comienzos, vaya uno a saber en qué lugar.
Dejemos de lado el nacimiento, que se juega en un instante y es una anécdota, un saber objetivo, de observación y acaso de admiración o de terror, y hablemos del transcurso: ahí se construye el saber. De este modo, se diría que la vida, y su interés narrativo, es el crecimiento; dicho de otro modo, lo que impulsa al tallo a sacar hojas, al ser humano a un hacer, es un gran relato que es como un espejo en el que se mira un ser viviente para verse en su espléndido y dramático acontecer. Un ser viviente, pues, se relata al mismo tiempo que se mira vivir y, por supuesto, que vive.
Pero se trata de transcurso y, como es natural, se trata de tiempo que es puro transcurso: el tiempo, sea lo que fuere su ser, es un transcurrir y parece eterno puesto que hasta la fecha ha seguido transcurriendo y acaso no termine nunca de hacerlo porque, eso no se sabe, no tiene comienzo. El, el tiempo, no se gasta pero en cambio se gastan, ineluctablemente, en el transcurso, las existencias, animal, humana, vegetal, y hasta elemental, el agua, el aire, la tierra, el fuego. ¿Es el envejecimiento? ¿De eso, tan simple, se trata? Se sabe en qué consiste el envejecimiento cuyo comienzo, a su turno, se registra en un preciso momento, es cuando el transcurso experimenta una flexión y su pretensión de continuidad sufre un colapso que parece súbito pero no lo es, es resultado de una lenta preparación que lo acompaña y está reprimido, ocultado, controlado, incluso cuando el conjunto celular está en todo su esplendor y se lo cree, y cree que no hay tal descenso ni lenta caída, de la que se toma conciencia cuando irrumpe la enfermedad.
Y bien, a esa preparación la llamamos “desgaste”: se sabe que está ahí así como que hay que luchar contra él de las mil maneras que se han inventado y que se pueden seguir inventando; una de ellas, la más frecuente, es la negación, nada sé, nada pasa, nada me amenaza.
De modo que el relato de una vida es el relato del desgaste, con todas sus variantes y artilugios para neutralizarlo, y protegerse de él, los sentimientos que provoca, la lucha contra él, en suma las ilimitadas figuras que singularizan una existencia.
Y si tal relación es propia de un ser en el tiempo siempre existió un deseo de describirla; estamos hablando de la novela que en ningún momento de su historia la perdió de vista: eso se fue convirtiendo de más en más en su razón de ser.
De este modo, si a la novela se le ha adjudicado o atribuido esa responsabilidad –a diferencia de otras realizaciones verbales, como la poesía, que desdeña el transcurso y se cierra en el instante– tendría que ver de manera más próxima a lo que se entiende que es la vida tanto la vivida en su transcurso como las posibles. Para hacerlo, recoge datos y trata de darles una forma que los reproducía reinterpretándolos o bien proyectándolos a un “posible”. En ese molde caben todas las realizaciones que ostentan el nombre de novela.
Parece que no puede ser de otra manera, pero no porque relate nacimiento, progreso y muerte, lo que sostiene a la entidad “novela” es la acuciante presencia del desgaste cuyo secreto intenta develar y correlativamente conjurar configurándolo como una inminencia que acecha a todo lector, que es lo mismo que decir a todo ser humano.
Pero, ¿qué es el desgaste? Ante todo, material y concretamente, es una acción que consiste en reducir partes sobrantes, innecesarias y molestas, de un volumen cuya forma se quiere perfeccionar, sometiéndolas a una frotación: las partículas caen, el volumen gana una línea y se adapta a un uso que previamente era limitado o irritante. Este es el lado prometedor del desgaste porque, una vez ejecutado con los medios adecuados (lima, lija, cepillos), un objeto resplandece, adquiere su sentido: un gato que lima sus uñas para que no le provoquen heridas al rascarse sin el desgaste terminaría por darse muerte; si su enemigo, la rata, no desgastara sus dientes, llegaría a matar a sus congéneres por mero contacto, son conscientes de esa posibilidad. Una lija que quita la aspereza a la madera o a la piedra le descubre una belleza o una virtud que el sobrante ocultaba; el escultor pone en evidencia con el formón una virtud; el agua desgasta la roca y le otorga formas caprichosas, a veces sorprendentes y de rara belleza o temibles honduras y, por otro lado, la reduce a arena, cuyo encanto es otro, acumulación misteriosa, amenaza de siglos de labor.
Si ése es el lado pragmático de la noción de desgaste el dramático afecta a la estructura celular por mero transcurso: las células se gastan en los seres vivos y ningún paliativo logra detener el final; pero los paliativos existen aunque muchos seres vivos no recurren a ellos y apuran el desgaste, le crean mejores condiciones para terminar su obra, adelantan el reloj en la vertiginosa expectativa de contemplar la implacable forma del tiempo: esa impaciente gestión recibe el nombre de “suicidio”, cancelación del futuro, la nada que queda del desgaste.
¿Y de los paliativos qué? Nadie puede creer que una enfermedad que se cura impedirá que otras se manifiesten pero lo que importa es que la cura hace nacer una creencia, una fuerza que ilumina un instante, algo así como el sentido, que no es el que podría tener una vida individual, en lucha contra el desgaste, sino el fugitivo del tiempo mismo, encerrado en el secreto de su transcurso.
Y algo más de los paliativos: el hecho moral de asumirlos (cuidarse, cuidar, ocuparse, mirar, reconocer, admitir) se revierte sobre la sociedad y le atribuye funciones, la principal es proveer de paliativos para neutralizar o demorar el desgaste que, se sabe, concluirá con sus integrantes e incluso con ella misma si no sabe o no puede hallar los que necesita para garantizar su continuidad. Así, genera la noción de derechos, a veces protege a sus miembros, los cuida, los reconoce en sus necesidades y, cuando eso hace, pospone el desgaste, se promete un futuro: cuando no lo hace y guerrea y arremete contra propios y ajenos, cuando no cuida ni protege, su vida termina pronto. ¿No sería acaso la historia de la civilización misma una historia de desgastes, a veces detenidos gracias a paliativos, a veces acelerada por la contradictoria tendencia a la autodestrucción? Roma, que perdura, los toltecas, que desaparecieron.
Se diría, entonces, que todo relato es del desgaste, el de la civilización, el de la historia, el de la vida: la novela será, por lo tanto, siempre novela de la vida y lo único que en su empresa lo resiste es el lenguaje, en tanto que aquello que mediante el lenguaje quiere encarnar y representar su triunfo o la resistencia que se le opone es igualmente víctima de él, termina por desaparecer como las civilizaciones y los cuerpos.
Dejemos de lado el nacimiento, que se juega en un instante y es una anécdota, un saber objetivo, de observación y acaso de admiración o de terror, y hablemos del transcurso: ahí se construye el saber. De este modo, se diría que la vida, y su interés narrativo, es el crecimiento; dicho de otro modo, lo que impulsa al tallo a sacar hojas, al ser humano a un hacer, es un gran relato que es como un espejo en el que se mira un ser viviente para verse en su espléndido y dramático acontecer. Un ser viviente, pues, se relata al mismo tiempo que se mira vivir y, por supuesto, que vive.
Pero se trata de transcurso y, como es natural, se trata de tiempo que es puro transcurso: el tiempo, sea lo que fuere su ser, es un transcurrir y parece eterno puesto que hasta la fecha ha seguido transcurriendo y acaso no termine nunca de hacerlo porque, eso no se sabe, no tiene comienzo. El, el tiempo, no se gasta pero en cambio se gastan, ineluctablemente, en el transcurso, las existencias, animal, humana, vegetal, y hasta elemental, el agua, el aire, la tierra, el fuego. ¿Es el envejecimiento? ¿De eso, tan simple, se trata? Se sabe en qué consiste el envejecimiento cuyo comienzo, a su turno, se registra en un preciso momento, es cuando el transcurso experimenta una flexión y su pretensión de continuidad sufre un colapso que parece súbito pero no lo es, es resultado de una lenta preparación que lo acompaña y está reprimido, ocultado, controlado, incluso cuando el conjunto celular está en todo su esplendor y se lo cree, y cree que no hay tal descenso ni lenta caída, de la que se toma conciencia cuando irrumpe la enfermedad.
Y bien, a esa preparación la llamamos “desgaste”: se sabe que está ahí así como que hay que luchar contra él de las mil maneras que se han inventado y que se pueden seguir inventando; una de ellas, la más frecuente, es la negación, nada sé, nada pasa, nada me amenaza.
De modo que el relato de una vida es el relato del desgaste, con todas sus variantes y artilugios para neutralizarlo, y protegerse de él, los sentimientos que provoca, la lucha contra él, en suma las ilimitadas figuras que singularizan una existencia.
Y si tal relación es propia de un ser en el tiempo siempre existió un deseo de describirla; estamos hablando de la novela que en ningún momento de su historia la perdió de vista: eso se fue convirtiendo de más en más en su razón de ser.
De este modo, si a la novela se le ha adjudicado o atribuido esa responsabilidad –a diferencia de otras realizaciones verbales, como la poesía, que desdeña el transcurso y se cierra en el instante– tendría que ver de manera más próxima a lo que se entiende que es la vida tanto la vivida en su transcurso como las posibles. Para hacerlo, recoge datos y trata de darles una forma que los reproducía reinterpretándolos o bien proyectándolos a un “posible”. En ese molde caben todas las realizaciones que ostentan el nombre de novela.
Parece que no puede ser de otra manera, pero no porque relate nacimiento, progreso y muerte, lo que sostiene a la entidad “novela” es la acuciante presencia del desgaste cuyo secreto intenta develar y correlativamente conjurar configurándolo como una inminencia que acecha a todo lector, que es lo mismo que decir a todo ser humano.
Pero, ¿qué es el desgaste? Ante todo, material y concretamente, es una acción que consiste en reducir partes sobrantes, innecesarias y molestas, de un volumen cuya forma se quiere perfeccionar, sometiéndolas a una frotación: las partículas caen, el volumen gana una línea y se adapta a un uso que previamente era limitado o irritante. Este es el lado prometedor del desgaste porque, una vez ejecutado con los medios adecuados (lima, lija, cepillos), un objeto resplandece, adquiere su sentido: un gato que lima sus uñas para que no le provoquen heridas al rascarse sin el desgaste terminaría por darse muerte; si su enemigo, la rata, no desgastara sus dientes, llegaría a matar a sus congéneres por mero contacto, son conscientes de esa posibilidad. Una lija que quita la aspereza a la madera o a la piedra le descubre una belleza o una virtud que el sobrante ocultaba; el escultor pone en evidencia con el formón una virtud; el agua desgasta la roca y le otorga formas caprichosas, a veces sorprendentes y de rara belleza o temibles honduras y, por otro lado, la reduce a arena, cuyo encanto es otro, acumulación misteriosa, amenaza de siglos de labor.
Si ése es el lado pragmático de la noción de desgaste el dramático afecta a la estructura celular por mero transcurso: las células se gastan en los seres vivos y ningún paliativo logra detener el final; pero los paliativos existen aunque muchos seres vivos no recurren a ellos y apuran el desgaste, le crean mejores condiciones para terminar su obra, adelantan el reloj en la vertiginosa expectativa de contemplar la implacable forma del tiempo: esa impaciente gestión recibe el nombre de “suicidio”, cancelación del futuro, la nada que queda del desgaste.
¿Y de los paliativos qué? Nadie puede creer que una enfermedad que se cura impedirá que otras se manifiesten pero lo que importa es que la cura hace nacer una creencia, una fuerza que ilumina un instante, algo así como el sentido, que no es el que podría tener una vida individual, en lucha contra el desgaste, sino el fugitivo del tiempo mismo, encerrado en el secreto de su transcurso.
Y algo más de los paliativos: el hecho moral de asumirlos (cuidarse, cuidar, ocuparse, mirar, reconocer, admitir) se revierte sobre la sociedad y le atribuye funciones, la principal es proveer de paliativos para neutralizar o demorar el desgaste que, se sabe, concluirá con sus integrantes e incluso con ella misma si no sabe o no puede hallar los que necesita para garantizar su continuidad. Así, genera la noción de derechos, a veces protege a sus miembros, los cuida, los reconoce en sus necesidades y, cuando eso hace, pospone el desgaste, se promete un futuro: cuando no lo hace y guerrea y arremete contra propios y ajenos, cuando no cuida ni protege, su vida termina pronto. ¿No sería acaso la historia de la civilización misma una historia de desgastes, a veces detenidos gracias a paliativos, a veces acelerada por la contradictoria tendencia a la autodestrucción? Roma, que perdura, los toltecas, que desaparecieron.
Se diría, entonces, que todo relato es del desgaste, el de la civilización, el de la historia, el de la vida: la novela será, por lo tanto, siempre novela de la vida y lo único que en su empresa lo resiste es el lenguaje, en tanto que aquello que mediante el lenguaje quiere encarnar y representar su triunfo o la resistencia que se le opone es igualmente víctima de él, termina por desaparecer como las civilizaciones y los cuerpos.
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